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jul 10, 2011 - Fragmentario, Poesía    2 Comments

Soneto a catorce manos

Hace unos días @Metaficticio, gran escritor e ideólogo de los mejores ejercicios literarios de Twitter, me propuso escribir un poema colectivo. Discutimos rápidamente y elegimos la estructura del soneto, una forma ciertamente rígida pero por eso mismo más organizada. También se fijó un tema que evitara la dispersión: giraríamos en torno a la reflexión sobre el destino, la fortuna y el azar. Pensamos en un poema por catorce personas, una por verso, pero de inmediato nos dimos cuenta de que resultaría agotador y desordenado interactuar con un grupo tan grande. Optamos por limitarnos a siete personas, con dos versos a cargo. Los cinco que se sumaron a la tarea son, por cierto, de lo mejor que puede leerse: @TiempoDetenido, @lgpachecos, @hierbadenoche, @chicosintuiter y @cruzarzabal. Varios versos y risas después -porque además de escribir bien, son excelentes compañeros de juego- este fue el resultado. Que lo disfruten tanto como nosotros disfrutamos de hacerlo:

Contra la literatura juvenil

Explorando

Explorando la biblioteca

Se ha puesto de moda en el microclima de los profesores de lengua y literatura de secundaria elegir lecturas anuales de ese movimiento editorial que se da en llamar literatura juvenil. Por razones de mercado, estas obras siempre son al menos cuatro veces más caras que cualquier título tradicional, pero eso no parece importar demasiado. Año tras año, cuando se diseñan los programas de estudio, se reactualiza este debate donde los profesores más viejos son progresistas (en tanto abiertos a esta nueva corriente) y los más jóvenes fungimos de conservadores.

El revisionismo al que fue sometido el canon occidental -tan válido, tan necesario- tuvo como consecuencia no deseada la pérdida de lecturas que antes se consideraban sacrales. De a poco, se eliminaron de la escuela las clásicos, se aniquilaron los modernos y se borraron los contemporáneos. Lo que queda, entonces, es esa nada: novelas adolescentes escritas en lenguaje adolescente, novelas de quinientas palabras para lenguajes de quinientas palabras, escritura vacua, argumento predecible y efectista desde el primer párrafo. La consigna de la literatura juvenil parece basarse en que los jóvenes son idiotas.

Pero no. Tan sencillo como probar para darse cuenta de que los alumnos son mucho más capaces que en las novelas que se escriben sobre ellos (y acá es donde aclaro que trabajo en una escuela pública, para evitar chicanas prejuiciosa y esperables). Basta con llevar caligramas de Apollinaire a un primer año, poesías de Miguel Hernández a un segundo, cuentos de Edgar Allan Poe a un tercero. ¿Y Cortázar? ¿Qué autor más juvenil que Cortázar, el de los torpes cronopios, el de los accidentes de pullover, el del vómito de conejitos?

Leyendo

Alumnos de quinto, leyendo

¿Por qué un joven se reiría más de la trivialidad de una vida cotidiana -que es también suya- que del Quijote volando sobre las aspas del molino, o formando parte involuntaria de un trío sexual que terminará en golpes para todos? ¿Por qué se emocionaría más con el enamoramiento silvestre de un personaje adolescente plano y soso que con el amor trágico de Romeo y Julieta, o con el imposible de Molina y Valentín en El beso de la mujer araña, o con el torturado de El fiscal? ¿Que a un chico de dieciséis años la lectura de Los siete locos le puede tener preguntas? ¡Maravilloso! Una obra que no genera preguntas en la niñez, en la juventud, en la adultez y en la ancianidad es una obra que no merece ser leída. Es tarea del docente, en todo caso, acompañar este proceso.

Mis alumnos han leído con fascinación a Aldous Huxley y a Federico García Lorca, a César Vallejo y a Oscar Wilde, a Miguel de Cervantes y a Guy de Maupassant. La gran mayoría no sólo sobrevivió, sino que aprobó la materia y puede dar cuenta de sus lecturas. Quisiera derribar otro prejuicio, que es el de dedicar el canon a las lecturas de las modalidades humanísticas: la escuela en que trabajo es de orientación técnica en electromecánica. Al menos en el mundo que yo quiero, tanto el electricista como el profesor de arte deben poder hablar de Borges con comodidad.

¿Qué es, entonces, la literatura juvenil? Algo que no existe. Lo que existe es la literatura y está ahí, en cada biblioteca, esperando que un joven tome un libro para escribirlo de nuevo.

nov 30, 2010 - Literatura    15 Comments

Pauline

André Gallimard, miembro de la resistencia francesa, sobreviviente de Struthof-Natzweiler, busca una mujer que amó. No sabe su nombre, pero la llama Pauline. No conoce su tono de voz pero lo imagina estridente y dulce. La conoció con el silencio reglado, el alambre de púas, la separación por sexo. Inventaron un lenguaje de gestos mínimos, movimientos de mano, guiños, miradas clandestinas.

La guerra terminó y él busca una mujer que ya no es joven y que lleva en el antebrazo un número que comienza con 403. Abandona su cuarto en la Maison du Angelique y camina a paso cansado a emborracharse. Cuando lo logra regresa risueño y liviano, abrazado a una morena vivaz que le pide billetes para desnudarse. Conforme con una promesa de pago, la ninfa se quita el abrigo. André grita de horror, la abraza y llora, enloquece, le señala el número. Ella no entiende las preguntas, reconoce haber estado en ese mismo campo de exterminio, recuerda muy poco de lo que pasó dentro y no sabe en qué año salió de allí. Lleva marcas más profundas que la del tatuaje. Pasan la noche y llegan a la conclusión de estar viviéndose por segunda vez.

Se casan el mes siguiente, con la ausencia completa de la familia Gallimard, que es comunista pero no libertina. Tienen cuatro hijos. Son felices. Envejecen en una casa vieja de Barfleur, lejos del mundo. Ella sigue enamorada del hombre atento y frugal que le entregó su vida por una vida anterior, él de una mujer bellísima y alegre que sin embargo no logra recordar una historia gigantesca.

Un día cualquiera, el anciano Gallimard compra la Historia General del Nazismo de Otto Brieger, destacado intelectual bávaro y antiguo preso político. En el capítulo diecisiete, donde se narran los días finales del gobierno de Vichy puede encontrarse la siguiente sentencia que, primero por pereza y luego por muerte, André no leerá jamás.

[…] El sistema de registro en los territorios ocupados intentaba ser minucioso, ágil y con valor estadístico. En Francia los altos mandos optaron por la numeración compuesta con valores comunes: los que se iniciaban en 650 señalaban, por ejemplo, un hombre anciano. El 403, una mujer joven. El 171, indistintamente, un niño o una niña. […]

oct 5, 2010 - Herramientas    8 Comments

Veinticinco años y una historia personal con el software libre

Postales del software libre

Postales del software libre

Ayer se cumplieron 25 años de la creación de la Fundación de Software Libre (FSF). El protagonista de esta iniciativa trascendental fue Richard Stallman, en ese momento director del laboratorio de Inteligencia Artificial del Instituto de Massachusetts para la Tecnología (MIT). Stallman renunció indignado ante la práctica usual de los monopolios de apropiarse del código que los desarrolladores elaboraban en forma desinteresada. De esta inquietud nació la GPL, la primer licencia general pública que amparó legalmente el software libre.

¿Qué es el software libre? Según la Free Software Foundation, el software libre se refiere a la libertad de los usuarios para ejecutar, copiar, distribuir, estudiar, modificar el software y distribuirlo modificado. El software libre suele estar disponible gratuitamente, o al precio de costo de la distribución a través de otros medios (Wikipedia). En forma más esquemática, lo que explica este cuadro.

Pero más allá del aspecto histórico-conceptual, que es mucho más rico y complejo, el software libre es la historia de millones de usuarios que cambiar su forma de entender, crear y aplicar el software. Yo soy uno de ellos, y como tengo casi la misma edad que el software libre, voy a contar mi historia.

Mi primer contacto fue por Mozilla Firefox. Lo empecé a usar por la misma razón que todo el mundo, es decir, porque era claramente superior a cualquier versión de Internet Explorer. Cuando comenzamos a editar una revista en el profesorado, en la búsqueda de dejar de depender de las suites de Adobe, di con GIMP (el equivalente a Photoshop) y Scribus (el equivalente a PageMaker). Para ese entonces había leído suficiente sofre software libre como para empezar a incorporar, además de la utilidad práctica -los programas eran más livianos, ágiles, poderosos, amigables y sencillos de ampliar por medio de complementos- una convicción ideológica. Instalé Mozilla Thunderbird en reemplazo de Outlook y Pidgin en lugar de Messenger. La experiencia con todas esas utilidades fue maravillosa y los sigo recomendando todos los días.

Y así llegué al momento más difícil del camino, a la necesidad de patear el marco completo y dar a esos programas libres un sistema operativo libre. Había leído tangencialmente cosas sobre Linux, pero me asustaban varias cosas. En especial, la experticia de sus usuarios más activos y la absoluta ignorancia de muchos conceptos (lo que resulta lógico: alguien que jamás usó Windows se vería superado si escuchara hablar de Papelera de Reciclaje, Panel de Control o Edición del Registro). Cometí el error de creer por muchos meses que Linux era un sistema operativo oscurantista que sólo una pequeña secta podía manejar. Finalmente me vi forzado a formatear por cuarta o quinta vez la máquina (nunca jamás volví a formatear, es otra de las maravillas linuxeras) y decidí dar el salto con Ubuntu, la puerta de entrada más popularizada y amigable. Así reemplacé al mismísimo Windows y corté mi último nexo con el software privativo. Fue un camino de ida. En poco tiempo me paseaba mostrando el cubo cambiador de escritorios (sí, en Linux se pueden manejar varios escritorios a la vez), instalando programas en dos clics y disfrutando de cientos de características más. Una de las mejores: nunca más instalé un driver. Todo lo que enchufé (impresoras, cañones proyectores, módems, cámaras web, escáners, memorias y almacenamientos de todo tipo) funcionó con sólo conectar.

Al terminar de migrar, me dio algo de nostalgia pensar que iba a perder una de las partes más queridas del ocio: los juegos. Con un par de búsquedas se acabó la tristeza, y el mito de que no hay buenos juegos para Linux. El tiempo me llevó a encontrar y aprender sobre cosas más útiles y productivas, como los entornos educativos ITALC y Moodle.

¿Cómo es un día con el software libre? Voy a contar el de ayer. Tenía que terminar en veinticuatro horas un video de presentación para la escuela en la que trabajo y jamás hice edición de video (me anoté, como siempre, con ánimo de nuevos conocimientos). Eran varias filmaciones cortas que había que compilar. Nada más al insertar el CD y abrir el primer archivo con Avidemux, la interfaz me preguntó si deseaba agruparlos. Solucionado: todas las filmaciones eran una. Luego recorté, copié, borré, pegué y agregué a golpes de ratón hasta reducir la duración a los cinco minutos reglamentarios. Con Audacity grabé la lectura en off e inmediatamente normalicé el volumen y borré los ruidos filtrados (milagrosamente y con un par de filtros, el programa logró que mi voz entrecortada sonara firme). También edité la música de fondo, limé los sonidos graves y bajé su volumen. Combiné ambas secuencias en una sola, el audio final del video. Volví a Avidemux y los combiné. Finalmente edité con LiVES el inicio, para agregar un texto introductorio, y el final, para disolver las últimas imágenes en una oscuridad paulatina. Video terminado y otro éxito para la libertad.

PD: Si quieren probar algunas utilidades de este tipo, les recomiendo bucear en Alternativas Libres. Que lo disfruten.
ago 17, 2010 - Literatura    1 Comment

Los noventa

Bus - illustrationshack.com

Bus - illustrationshack.com

Mi modesta hipótesis es que la culpa se debe a las luces. Nunca hubo tantas, de tantos colores, en tantas calles. De pronto la pequeña ciudad era una réplica a escala de Nueva York -la de las películas, se entiende- con sus carteles y vitrinas que enceguecen, su neón, sus proyecciones. Hasta los más pacíficos se volvían irritables e incluso violentos. Todo funcionaba más rápido que nunca. La palabra que nombraba todo era “progreso”. Dormíamos muy poco, pero el tiempo que estábamos despiertos era lo más parecido a lo que recordábamos como sueños.

Elegí la butaca individual sobre la rueda trasera del colectivo, la más alta, la más sola. Nunca sentí especial atracción por la gente, y menos desde que trajeron las luces y comenzó a dolerme la cabeza todo el tiempo (a la hora de dormir es peor, porque no puedo conciliar el sueño sin media botella de ginebra con pastillas). Abrí al azar una página del diario y leí de forma superficial los policiales del día.

Una señora que acababa de subir se quejaba frente a la máquina. Al parecer no había impreso el ticket ni devuelto las monedas. El camionero tocó botones y maniobró contactos en silencia, aturdido por las bocinas e invocaciones a su madre de los conductores que pasaban junto a él. Impotente, se agotó y observó con cálculo el problema. Luego, lo impensado. Las patadas con brutalidad y método hasta rajar el plástico, los indicadores de la pantalla muertos y del artefacto herido, miles de monedas brotando en impresionante sangría, cubriendo todo el piso. El conductor miró con sorpresa, nosotros con temor. Pocos segundos pasaron hasta que uno de los más jovencitos, joven y audaz, empezara a guardarlas de a puñados en los bolsillos. Desde el suelo nos miró a los que estábamos quietos con reproche y desprecio, y afirmó.

-Monedas, pelotudos.

Entonces todos nos abalanzamos a la vez, abriendo camino a golpes, sin diferencias de género, clase social u opinión política. El conductor no estaba escandalizado, su cara era más bien de extrañamiento ido. Cuando no quedaban monedas que recoger pero sí moretones que inventariar, se sentó y manejó hasta finalizar el recorrido. Luego se perdió en la avenida. Uno de mis vecinos me contó ayer que lo habían despedido sin indemnización, por no haber impedido que la turba se robara el dinero de la empresa en sus narices.

No me siento culpable, porque todos lo fuimos. Nadie puede juzgarme. Con los últimos noventa centavos me compré ginebra, aunque ya no me duela la cabeza. Supongo que debo estar acostumbrándome a las luces.

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