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Contra la literatura juvenil

Explorando

Explorando la biblioteca

Se ha puesto de moda en el microclima de los profesores de lengua y literatura de secundaria elegir lecturas anuales de ese movimiento editorial que se da en llamar literatura juvenil. Por razones de mercado, estas obras siempre son al menos cuatro veces más caras que cualquier título tradicional, pero eso no parece importar demasiado. Año tras año, cuando se diseñan los programas de estudio, se reactualiza este debate donde los profesores más viejos son progresistas (en tanto abiertos a esta nueva corriente) y los más jóvenes fungimos de conservadores.

El revisionismo al que fue sometido el canon occidental -tan válido, tan necesario- tuvo como consecuencia no deseada la pérdida de lecturas que antes se consideraban sacrales. De a poco, se eliminaron de la escuela las clásicos, se aniquilaron los modernos y se borraron los contemporáneos. Lo que queda, entonces, es esa nada: novelas adolescentes escritas en lenguaje adolescente, novelas de quinientas palabras para lenguajes de quinientas palabras, escritura vacua, argumento predecible y efectista desde el primer párrafo. La consigna de la literatura juvenil parece basarse en que los jóvenes son idiotas.

Pero no. Tan sencillo como probar para darse cuenta de que los alumnos son mucho más capaces que en las novelas que se escriben sobre ellos (y acá es donde aclaro que trabajo en una escuela pública, para evitar chicanas prejuiciosa y esperables). Basta con llevar caligramas de Apollinaire a un primer año, poesías de Miguel Hernández a un segundo, cuentos de Edgar Allan Poe a un tercero. ¿Y Cortázar? ¿Qué autor más juvenil que Cortázar, el de los torpes cronopios, el de los accidentes de pullover, el del vómito de conejitos?

Leyendo

Alumnos de quinto, leyendo

¿Por qué un joven se reiría más de la trivialidad de una vida cotidiana -que es también suya- que del Quijote volando sobre las aspas del molino, o formando parte involuntaria de un trío sexual que terminará en golpes para todos? ¿Por qué se emocionaría más con el enamoramiento silvestre de un personaje adolescente plano y soso que con el amor trágico de Romeo y Julieta, o con el imposible de Molina y Valentín en El beso de la mujer araña, o con el torturado de El fiscal? ¿Que a un chico de dieciséis años la lectura de Los siete locos le puede tener preguntas? ¡Maravilloso! Una obra que no genera preguntas en la niñez, en la juventud, en la adultez y en la ancianidad es una obra que no merece ser leída. Es tarea del docente, en todo caso, acompañar este proceso.

Mis alumnos han leído con fascinación a Aldous Huxley y a Federico García Lorca, a César Vallejo y a Oscar Wilde, a Miguel de Cervantes y a Guy de Maupassant. La gran mayoría no sólo sobrevivió, sino que aprobó la materia y puede dar cuenta de sus lecturas. Quisiera derribar otro prejuicio, que es el de dedicar el canon a las lecturas de las modalidades humanísticas: la escuela en que trabajo es de orientación técnica en electromecánica. Al menos en el mundo que yo quiero, tanto el electricista como el profesor de arte deben poder hablar de Borges con comodidad.

¿Qué es, entonces, la literatura juvenil? Algo que no existe. Lo que existe es la literatura y está ahí, en cada biblioteca, esperando que un joven tome un libro para escribirlo de nuevo.

Un gato negro

Gatito mirando al sudeste

Gatito mirando al sudeste

Abro la puerta y hay dos gatos. Uno es el del vecino, un siamés grande que me mira en la pose aristócrata de los gatos bien alimentados. El otro, de pocos meses, flacucho y sucio, cruza el umbral de la puerta a toda velocidad. Está asustado. Envío un mensaje de texto a mi hermana. Ella me recomienda que lo adopte y le dé leche. No parece tan difícil, al menos para ella.

Cuando regreso, el gato está echado en mi sillón. Le sirvo leche en una bandeja y la pongo en el lavadero. Intento sacarlo del sillón, me muerde, lo atrapo y lo acerco al bebedero. El gato se alimenta vorazmente, hasta quedar tendido. “Listo, murió y se acabó el problema”, pienso, pero lo toco y respira. Un rato después vuelve a entrar, caminando satisfecho. Explora la casa, salta en todas las camas, entra en los placares. Mientras, twitteo mi nueva situación. Recibo bienvenidas, buenos consejos, prediccionesreflexiones, recomendaciones especiales. Buena onda. No la de Gabi Michetti, sino la de verdad.

Llega la hora de ir a la escuela. Me pongo la mochila y dejo la puerta que da al lavadero abierta, por si el bicho necesita salir. Saco un cajón de la cocina, lo lleno de trapos y lo obligo a acostarse. En Didáctica no nos enseñaron a educar a los gatos, así que no se me ocurre otra forma de indicarle que esa es una cama a escala.

-Me voy -le digo, sin saber si es correcto hablarle a un gato-, tengo que dar clases y vuelvo tipo nueve. Tenés leche y podés entrar, pero ni se te ocurra acercarte a la cerveza. Te corté un pedazo de pan de carne, ahora voy a comprarte algo más.

Él mira extrañado, pero supongo que entiende.

Al llegar a casa, con la noche arriba, el gato ya no está. Esta mañana tampoco. ¿Es normal que se ausente tantas horas? ¿Volverá? ¿Existe la posibilidad de que no haya llegado buscando ser domesticado, sino simplemente alimentado? ¿Habrá leído en Twitter que amenacé con comérmelo?

Dejé intacta la cama de trapos. La lata con agua sigue allí. Puede entrar cuando quiera pasando por el espacio entre las rejas. Los próximos días dirán si este encuentro fue de solidaridad efímera o de convivencia definitiva. No lo voy a forzar. Como escribe Soriano, experto en el tema, un escritor sin gato es como un ciego sin lazarillo. No es posible usar al gato para nada personal, no hay manera de privatizarlos.

Arquitextura de la censura

Arquitextos, en la mira de los censores

Arquitextos, en la mira de los censores

La polémica en torno a la publicación, lectura y posterior censura de Arquitextos acabó (¿tengo que empezar a cuidarme de algunos términos?) tomando trascendencia nacional. Manual pedófilo, encabeza la revista Noticias sin darse cuenta de que la cita textual que hace del poema en cuestión desmiente el título. Como si la literatura pudiera servir de manual de algo que no sea más literatura. Pero explicar la autonomía de la ficción o la imposibilidad de hacer lecturas morales de la poesía a la pequeña burguesía de Coronel Du Graty, a los cagatintas de los pasquines o a las burocracias estatales no es tarea fácil. Como dice Alfredo Germignani, está muy en claro que esta gente no lee ni el almanaque.

La versión oficial dice que el libro nunca estuvo destinado a las escuelas. Todo indica que es así, porque surge de experiencias en talleres literarios con adultos para la formación de otros adultos. Aunque el problema político intenta cerrarse torpemente con la expulsión de algunos funcionarios de carrera y la requisa de las obras, a mí me interesa ir más lejos. Creo que el debate que se oculta es más profundo -y peligroso- que el visible.

Imaginemos que sí había partidas asignadas a entregarse en la secundaria. ¿La censura sí se justificaría en ese caso? Entonces tendrán que afilar las tijeras, porque el erotismo atraviesa la literatura desde Safo a Cervantes, desde Nabokov (¿también Lolita será un instructivo de pedofilia?) a Saramago, desde Oscar Wilde a Manuel Puig y desde el poeta del Cantar de los Cantares a Osvaldo Soriano. Todos estos autores pueden encontrarse fácilmente en cualquier biblioteca escolar y los profesores de literatura recurrimos a ellos cotidianamente. Aunque ciertas corrientes de opinión se horroricen, las escuelas no son los templos de asepsia que imaginan, sino lugares de formación ciudadana donde se aprende, se interactúa, se cuestiona. Donde se leen en voz alta las puteadas del Quijote o de Zezé, el protagonista de Mi planta de naranja-lima. Donde se debaten textos políticamente incorrectos, como el cuento de Lugones que compara a los negros con los monos, de la colección ilustrada de La Nación editada conjuntamente con el Ministerio de Educación de la Nación (¿pornografía no, racismo sí?).

La discusión sobre cuáles son los límites de lo legible en las aulas está destinada al fracaso. El mejor ejemplo es el de los cineastas que negociaban con Tato -censor fílmico de la dictadura- y resignaban borrar una teta para incluir una mala palabra, o cambiaban una escena en la cama por un beso con toqueteo furioso. La banalidad es más que una característica de la censura, es el combustible que la origina, la autoriza y la ejercita. La escuela pública -y por tanto republicana, laica e ilustrada- no puede permitirse ningún autoritarismo sin caer definitivamente en la incompetencia y el ridículo.

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