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nov 30, 2010 - Literatura    15 Comments

Pauline

André Gallimard, miembro de la resistencia francesa, sobreviviente de Struthof-Natzweiler, busca una mujer que amó. No sabe su nombre, pero la llama Pauline. No conoce su tono de voz pero lo imagina estridente y dulce. La conoció con el silencio reglado, el alambre de púas, la separación por sexo. Inventaron un lenguaje de gestos mínimos, movimientos de mano, guiños, miradas clandestinas.

La guerra terminó y él busca una mujer que ya no es joven y que lleva en el antebrazo un número que comienza con 403. Abandona su cuarto en la Maison du Angelique y camina a paso cansado a emborracharse. Cuando lo logra regresa risueño y liviano, abrazado a una morena vivaz que le pide billetes para desnudarse. Conforme con una promesa de pago, la ninfa se quita el abrigo. André grita de horror, la abraza y llora, enloquece, le señala el número. Ella no entiende las preguntas, reconoce haber estado en ese mismo campo de exterminio, recuerda muy poco de lo que pasó dentro y no sabe en qué año salió de allí. Lleva marcas más profundas que la del tatuaje. Pasan la noche y llegan a la conclusión de estar viviéndose por segunda vez.

Se casan el mes siguiente, con la ausencia completa de la familia Gallimard, que es comunista pero no libertina. Tienen cuatro hijos. Son felices. Envejecen en una casa vieja de Barfleur, lejos del mundo. Ella sigue enamorada del hombre atento y frugal que le entregó su vida por una vida anterior, él de una mujer bellísima y alegre que sin embargo no logra recordar una historia gigantesca.

Un día cualquiera, el anciano Gallimard compra la Historia General del Nazismo de Otto Brieger, destacado intelectual bávaro y antiguo preso político. En el capítulo diecisiete, donde se narran los días finales del gobierno de Vichy puede encontrarse la siguiente sentencia que, primero por pereza y luego por muerte, André no leerá jamás.

[…] El sistema de registro en los territorios ocupados intentaba ser minucioso, ágil y con valor estadístico. En Francia los altos mandos optaron por la numeración compuesta con valores comunes: los que se iniciaban en 650 señalaban, por ejemplo, un hombre anciano. El 403, una mujer joven. El 171, indistintamente, un niño o una niña. […]

ago 17, 2010 - Literatura    1 Comment

Los noventa

Bus - illustrationshack.com

Bus - illustrationshack.com

Mi modesta hipótesis es que la culpa se debe a las luces. Nunca hubo tantas, de tantos colores, en tantas calles. De pronto la pequeña ciudad era una réplica a escala de Nueva York -la de las películas, se entiende- con sus carteles y vitrinas que enceguecen, su neón, sus proyecciones. Hasta los más pacíficos se volvían irritables e incluso violentos. Todo funcionaba más rápido que nunca. La palabra que nombraba todo era “progreso”. Dormíamos muy poco, pero el tiempo que estábamos despiertos era lo más parecido a lo que recordábamos como sueños.

Elegí la butaca individual sobre la rueda trasera del colectivo, la más alta, la más sola. Nunca sentí especial atracción por la gente, y menos desde que trajeron las luces y comenzó a dolerme la cabeza todo el tiempo (a la hora de dormir es peor, porque no puedo conciliar el sueño sin media botella de ginebra con pastillas). Abrí al azar una página del diario y leí de forma superficial los policiales del día.

Una señora que acababa de subir se quejaba frente a la máquina. Al parecer no había impreso el ticket ni devuelto las monedas. El camionero tocó botones y maniobró contactos en silencia, aturdido por las bocinas e invocaciones a su madre de los conductores que pasaban junto a él. Impotente, se agotó y observó con cálculo el problema. Luego, lo impensado. Las patadas con brutalidad y método hasta rajar el plástico, los indicadores de la pantalla muertos y del artefacto herido, miles de monedas brotando en impresionante sangría, cubriendo todo el piso. El conductor miró con sorpresa, nosotros con temor. Pocos segundos pasaron hasta que uno de los más jovencitos, joven y audaz, empezara a guardarlas de a puñados en los bolsillos. Desde el suelo nos miró a los que estábamos quietos con reproche y desprecio, y afirmó.

-Monedas, pelotudos.

Entonces todos nos abalanzamos a la vez, abriendo camino a golpes, sin diferencias de género, clase social u opinión política. El conductor no estaba escandalizado, su cara era más bien de extrañamiento ido. Cuando no quedaban monedas que recoger pero sí moretones que inventariar, se sentó y manejó hasta finalizar el recorrido. Luego se perdió en la avenida. Uno de mis vecinos me contó ayer que lo habían despedido sin indemnización, por no haber impedido que la turba se robara el dinero de la empresa en sus narices.

No me siento culpable, porque todos lo fuimos. Nadie puede juzgarme. Con los últimos noventa centavos me compré ginebra, aunque ya no me duela la cabeza. Supongo que debo estar acostumbrándome a las luces.

Una fábrica contaminante a metros de un hospital

Santa Sylvina es el pequeño pueblo del Chaco en que nací y crecí.

La casa de mis padres y mis hermanos está a una cuadra y media del hospital público.

Este hospital, recientemente reformado -prepárense- está enfrente de una desmotadora de algodón que el año pasado cerró por sus altos niveles de toxicidad (los desechos se quemaban junto con el agroquímico que los cubría: imaginen el resultado). Si fuera una noticia de Barcelona, probablemente los voceros de la municipalidad declararían que “de esta manera, los que tienen infecciones pulmonares por el humo de la fábrica pueden llegar en segundos al hospital“. Pueden ver la ubicación de la planta en esta captura de Google Maps.


La desmotadora contaminante

La desmotadora contaminante


Este año la empresa, inexplicablemente, fue reabierta por la misma gestión que la había clausurado. El intendente afirma que ya no es contaminante. Los vecinos y la realidad, sin embargo, dicen otra cosa. Vean el gran informe que realizó Kontrapikado sobre el caso y después me cuentan.

jul 24, 2010 - Capturas    No Comments

El muñeco parado


El muñeco

“Tenemos en una garita a ‘Wilson’, como el de la película "Náufrago". Hemos hecho un muñeco con una pelota y una gorra para que los presos vean una sombra y crean que están vigilados” (sic!)


Aclaración: Concluyo que estaba parado por dos razones obvias: simulaba ser un policía y, además, no se movió en ningún momento, o al menos no para perseguir a los fugados.

Joya compartida por @carrascolucas, a quién invito a leer tanto en su Twitter como en República Unida de la Soja, blog todavía más corrosivo que el glifosato.

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