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nov 8, 2010 - Copiar/ Pegar, Lenguajes    1 Comment

Carta de amor a la RAE

Nuevas reglas, nuevas faltas

Nuevas reglas, nuevas faltas

Acerca de los últimos cambios en la normativa de la Real Academia Española:

(…) Siempre te costó saberme independiente. No puedo olvidar aquella ira contenida que te provocó el pretérito pluscuamperfecto de Andrés Bello. Más aún: que el título del best-seller de los lingüistas decimonónicos fuera Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos asomó lo peor de ti. Siempre lo vi como un malentendido, una coincidencia histórica: no me costaba entender que en ese entonces no te gustara el monema república. Pero creí que las cosas habían cambiado. Disfrutaste al convertir nuestro pasado —más que perfecto— en un ripio. Acusaste el golpe con el tiempo, cuando lo empezaste a llamar antecopretérito: así, burlándote un poquito, a tu aire monárquico, histórico, esdrújulo. “Cuando llegué, ya había muerto”, te dije. Me ignoraste. Pero yo seguía amándote con todas mis fuerzas.(…)

Seguir leyendo en RAE: ésta es mi última carta de amor, de Willy McKey

El grupo de atrás

Cada alumno, una historia

Cada alumno, una historia

Nunca pensé a los alumnos como problemas, sino como dificultades mías para interpretarlos. No existen malos estudiantes por generación espontánea. Lo que hay son malas trayectorias educativas: en el hogar, en las escuelas, en las instituciones sociales. Los docentes que intentamos bucear en esas historias lo hacemos sabiendo lo que encontramos a veces supera ampliamente lo que podemos resolver, pero de todos modos nos sirve para diseñar nuevas estrategias de enseñanza y evaluación (que, contra lo que suponga el pensamiento reaccionario, jamás pasa por “regalar notas”: una aprobación inmerecida es una nueva humillación en el historial de los sometidos). A veces la elaboración escolar es tan fuerte que puede llegar a influir en la resolución de los problemas personales y sociales de los chicos. Otras veces contabilizamos fracasos a manos de los aparatos económicos, carcelarios, políticos. Siempre es urgente aprender y seguir haciéndolo.

Cuando comencé mi segundo año a cargo de primero (salas de cincuenta alumnos, magia de la escuela pública), vi dos caras conocidas. Una era la de Amanda, que a a mitad del cursado se cambió de curso y me dejó como regalo una poesía ilustrada por los dos años que pasamos juntos. El otro rostro era el de Mauro, con sus dos repitencias, cinco suspensiones, decenas de amonestaciones y un traslado de escuela por robar un celular. El primer día me acerqué a saludarlo especialmente y lo obligué a prometerme que este año no se iba a llevar ninguna materia. El primer trimestre se sentó solo. Su nueva conducta asombraba a todos los docentes: hacía los trabajos en silencio, leía, participaba de los debates, escribía en el pizarrón. De Daniel el Terrible a estudiante modelo.

El segundo trimestre se incorporaron dos nuevos varones, Juan Pablo y Alcides. Llegaron con pase forzado, es decir, expulsados de una escuela y derivados a otra que, como la nuestra, acepta integrarlos. Así terminó la soledad de Mauro y nació el grupo de atrás, que en toda escuela significa mucho más que una ubicación física. Y también nació una invisible y épica batalla entre su resistencia a aprender y la mía a desaprobarlos.

Las calificaciones de los tres iban en picada. Por lo que yo imaginaba solidaridad grupal, inercia o simple agotamiento, Mauro también acompañó el proceso. Probé todas las estrategias, desde la asignación de trabajos particularizados hasta el sermón moralizante. Dejé de dar clases frente al pizarrón y me ubiqué junto a ellos. Aunque toda la clase debía vencer la incomodidad y girar para verme, los últimos pasaron a ser la primera fila (el copyright del método es de un intelectual judío asesinado por el imperio romano). Con todo, no podía franquear algunos límites, sobre todo con la lectura anual y la entrega de trabajos prácticos. Durante el curso de un mes, sin proponérmelo, pude conocer con qué otro fondo de las cosas estaba lidiando.

Un martes una señora que se presenta como madre de Alcides me llama para hacerme unas preguntas. Como estoy en clase, me acerco a la puerta para poder atenderla sin dejar de observar el trabajo áulico.

-Quería saber por qué tiene bajas notas también en esta escuela.

-En principio, trabaja muy poco en clase y no completa los contenidos de los días que falta. Además, me entregó la prueba en blanco y no hizo el trabajo práctico. Le falta mucha dedicación.

-Pero yo no sabía que tuvo prueba, por eso no lo puse a estudiar. Tampoco sabía los temas. Mi intención es que el aprenda y llegue más lejos que nosotros, pero los profesores tienen que ayudar también.

-La fecha de la prueba y el temario se dictó por comunicado -contraataqué automáticamente, acostumbrado a las excusas parentales de siempre- y me consta que los preceptores revisan que los padres hayan leído y firmado las notas.

La mujer bajó la vista y luego de unos segundos de silencio interminable, habló de nuevo.

-Es que yo no sé leer. Se firmar, nomás.

La revelación me impactó profundamente. Me sentí tremendamente culpable por haberme puesto a la defensiva y prometí ocuparme de avisarle por teléfono cuando fije las fechas de evaluación. Ella, más tranquila, se comprometió a fotocopiar el libro para facilitarme la tarea de conseguir ejemplares para todos. La despedí amablemente y en el recreo hablé con Alcides.

-Tu mamá hace muchísimo esfuerzo para que vos estudies y tengas un mejor futuro. Desde ahora vas a trabajar todas las clases y a estudiar, o me voy a ocupar de que no tengas paz en tu puta vida. ¿Entendiste?

No se animó a decir nada, pero asintió. Desde entonces, su rendimiento alcanzó el del grupo total.

Pocos días después, llegando a casa después de las clases en nocturno, siento que alguien me llama.

-Profe.

-¿Juan Pablo? ¿Qué hacés por acá, en la otra punta de la escuela, a esta hora?

-Trabajando un poquito.

Estaba detrás de un basurero, en pantalones cortos. Junto a él se alzaba un carro tirado por dos caballos donde se apilaban los rescates de la basura. Me presentó a su hermanito, que llegaba trayendo una silla rota. Caminé con ellos conversando sobre trivialidades hasta que se marcharon. Antes de despedirnos me pidió que no le contara a nadie que lo había visto cartoneando.

Al día siguiente, por primera vez en el año, se paró para saludarme cuando entré a clases. Juan Pablo mejoró mucho en su actitud hacia la materia. Aunque le sigue costando incorporar nuevos conceptos, los suple con la constancia en resolver las propuestas.

De forma inexplicable, aunque el grupo de atrás ya estaba desmarginalizado al menos en mi espacio (al participar de la clase y de las tareas grupales, los tres entablaron relación con los demás grupos, incluso con los más prestigiosos), Mauro no reaccionó como sus compañeros y siguió sin trabajar. Su indiferencia era pasmosa y su derrotismo empezaba a contagiarme. No entregó el trabajo práctico hasta dos semanas después de la fecha límite.

-Si te lo recibo ahora te estaría dando un privilegio, sería injusto para tus compañeros. A menos que me des una buena excusa, seguís desaprobado.

Mauro tomó de nuevo el trabajo sobre la mesa y se fue sin pronunciar palabra.

Unos días antes de la entrega de planillas se acercó el vicerrector de la tarde para hablar conmigo en privado. Me contó que Mauro había insultado a una profesora de plástica. Ella pidió la máxima sanción. Por supuesto, citaron al padre para aplicarla.

-El papá me contó que la madre de los chicos los abandonó hace dos meses y que Mauro está cuidando a los hermanitos y atendiendo el quiosco de noche, porque el tiene otro trabajo como sereno. Por eso bajó su rendimiento. Te quería pedir que le aceptes el trabajo fuera de término. Si está mal o está copiado, desaprobalo, pero al menos vamos a flexibilizar las fechas.

No estaba mal ni estaba copiado: era un trabajo excelente. Mauro aprobó el segundo trimestre con nueve y todo apunta a que será uno de los mejores promedios del año.

El grupo de atrás sigue adelantando y yo aprendiendo. Tal vez sea esa nuestra misión como docentes, algo tan simple como cambiar el orden de los bancos.

Una directora contra la memoria

La directora de un colegio primario de la localidad correntina de Mercedes ordenó que los alumnos de quinto grado en ese establecimiento, arranquen de sus cuadernos de música una página con la letra de la canción “La memoria”, compuesta por León Gieco. La directora de la Escuela 82, Alicia Mónaco, dispuso la medida tras calificar la letra cuestionada de “inapropiada” para los estudiantes, presuntamente debido a la queja de un ex militar, padre de uno de los alumnos, que la calificó como “subversiva”. (…)

Agencia Rodolfo Walsh

(…) Nuestra enana fascista, que con toda seguridad seguirá creciendo, siguiendo los consejos del inefable Pancho Ibañez, tomando todo el danonino necesario, reprime nuevamente al reprimido. El padre militar, que como todos saben, debe ser mas militar que padre, considera que la letra es subversiva. Tiene razón. La derecha siempre tiene razón, pero es una racionalidad represora. La letra subvierte la versión de los genocidas, también conocida como la historia oficial. (…)

Alfredo Grande, Pelota de Trapo

(…) El Ministerio de Educación correntino todavía no dijo nada en relación a este acto de censura, antidemocrático y a favor del olvido y la impunidad.

En forma paralela, en el sur profundo de la provincia de Santa Fe, en la localidad de Melincué, un grupo de chicas y chicos de una escuela pública investigaron los dichos del pueblo en torno a los cuerpos de una pareja de jóvenes revolucionarios que fueron enterrados en el cementerio local. (…)

Carlos del Frade, ACTA

No queda mucho más que decir: el gobierno debe remover inmediatamente a esta funcionaria por su conducta antidemocrática. Alguien así no puede estar al frente ni siquiera de un aula.

Concilio

Ofertas peligrosas

Ofertas peligrosas

En nombre de los juramentos de ternura,
De los que nadie nos puede desligar,
Y para reconciliarnos
Como en los buenos tiempos de nuestra embriaguez.

Charles Baudelaire, El vino del asesino

En esa época estudiábamos para profesores de literatura. Es decir, éramos pobres, charlatanes y muy borrachos. Comprábamos mercaderías en el Supermercado de la Carne, una especie de gran galpón con precios muy accesibles a nuestros bolsillos. Cada semana, además, había una nueva y única superoferta. Si era de salsas, pasábamos toda la semana comiendo guisos y espaguetis. Si se trataba de alguna verdura, por extraña que fuera, nos convertíamos al veganismo a plazo fijo. Así pasábamos por la semana del atún, la de las arvejas y hasta de la limpieza (¿qué otra cosa puede hacer uno, por más anarquista que se reivindique, con quince litros de desodorante para piso?).

Una mañana entramos, como de costumbre, y Sebastián me tocó el hombro y señaló hacia arriba. Sobre nosotros se alzaba, con imponencia, una torre de babel de cajas de vino. Nuestra fascinación llegó a la cima cuando nos percatamos del precio. La crisis ya había disparado los precios y los vinos empaquetados en tetrabrick más dudosos costaban un mínimo de tres pesos con cincuenta. El que nosotros apilábamos en un changuito oxidado nos exigía apenas ochenta y nueve centavos por litro. Vino fino de mesa Concilio, se rotulaba. Vino de cardenales, de frailes, de catacumbas, bromeábamos.

Esa noche cocinamos, en festejo de nuestra adquisición, unas milanesas con puré instantáneo. Servimos ceremonialmente el tinto en dos copas y brindamos. Un sabor acre me llenó la boca. Era repugnante. Acerqué instintivamente la nariz al líquido y noté que el olor era de una acidez inaguantable, casi apestosa. Pero lo peor llegó segundos después. Una cefalea filosa y repentina me embargó. Mirando la copa, desconsolado, se lo comuniqué a mi amigo.

-A mí también me duele la cabeza. Es imposible, apenas un traguito. Esto es veneno puro.

-¿Y qué mierda hacemos con las diez cajas?

-Cualquier cosa menos tomarlas. Voy a comprar cerveza.

Sebastián volvió en el momento justo en que llamaba un amigo común. Lo atendió.

-No hay problema. Sí. No, no estábamos haciendo nada. ¿Medrano y qué? Ah, en la concha de la lora, vamos a tener que tomar dos colectivos. Tipo doce, ponele. Plata no tenemos, pero llevamos unos cuantos vinos. Listo, nos vemos ahora.

Colgó y me sostuvo la mirada con decisión, leyendo mi reproche.

-Nadie se va a morir. Es feo, pero no está picado ni vencido. Los que ya estén en pedo le van a dar como al agua, y los demás lo mezclarán con coca o lo rebajarán. No seas hinchapelotas, a menos que tengas guita para comprar un fernet.

Me convencí de que los argumentos eran razonables, cargamos las cajas en una bolsa y partimos. El cumpleaños era de un pibe de filosofía al que no habíamos visto jamás, pero estaban todos nuestros compañeros, una banda punk de chicas de quince o dieciséis, dos guitarristas que hacían covers de Sabina y un barbudo que repartía porros que acababan de salir del ladrillo más grande que vi en mi vida.

Las escenas que sobrevinieron son imposibles de contar sin hundir para siempre la casi nula reputación de persona respetable que alguna minoría me adjudica. El único dato de importancia para esta historia es que toda la noche bebimos cerveza, rechazando con cortesía las jarras y vasos de vino que circulaban en los diferentes grupos. Amanecía. Luego de recitar en voz alta unos versos de Las flores del mal delante de las muchachas punk y de un grupo de cineastas amateurs, decidí que era demasiado. Busqué a Sebastián, que dormía en el baño. Le subí los pantalones y lo cargué con ayuda del más fornido de los que estaban en la fiesta. Subimos a un remís y nos acostamos a dormir hasta que la noche llegó de nuevo.

El domingo siguiente el diario titulaba Cuatro muertos por intoxicación con alcohol metílico. El calor subió por mi garganta y no pude relajarme hasta comprobar que ninguno de los fallecidos había asistido a la fiesta. Todos tenían más de cuarenta años. La marca del vino incautado no estaba mencionada, pero ambos vivimos mucho tiempo con la sensación de haber jugado con cometer una masacre. Que la buena suerte, la duda razonable, el tiempo y la confesión pública sirvan para exculparnos.

abr 19, 2010 - Ensayos y errores, Sociedad    11 Comments

Vivir en Corrientes

La cruz de los milagros

La cruz de los milagros

Hace cinco años emigré del Chaco, provincia de la laica República Argentina, para vivir en el país de Corrientes.

Pese a lo que diga cualquier geógrafo, este suelo que piso circunstancialmente es considerado por sus habitantes un país aparte, idea que puede apreciarse tanto en la voz estridente de Ramona Galarza (Yo, que vengo del país/ de la tierra de San Martín) como en la explicación que me da un remisero sobre la guerra de Malvinas (que enfrentó, como se sabe, a Corrientes y al Reino Unido de Gran Bretaña, contando con algunos aliados menores en cada bando). De a poco, también este chauvinismo se vuelve 2.0.

Que se entienda, entonces: lo que un porteño (enemigo número uno del correntino bien nacido, desde la época de federales y unitarios) llamaría con desprecio provincianismo, en realidad es nacionalismo (por oposición al internacionalismo cosmopolita capitalino). Corrientes está orgullosa de su estirpe, lengua y cultura hispana y guaraní, único mestizaje que aquí se reconoce como puro, pese a la aparente contradicción de términos.

Pero el fenómeno más característico, sin dudas, es el religioso. Si bien en privado la mayoría practica alguna forma de sincretismo (gauchitogiles, sanlamuertes), en público la gente hace parecer a la Ciudad del Vaticano lo que es, o sea, una embajada de la cultura correntina. Cuando llegué me impresionó viajar en colectivo por el centro y ver a la multitud repetir al unísono, ante cada iglesia que cruzábamos, la señal de la cruz. Las exhibiciones de coordinación de grupos que hacen los chinos son juegos de niños frente a esas manos que recuerdan, sin necesidad de mirar por la ventana, en que momento santiguarse.

Una anécdota servirá, probablemente, para reforzar esta descripción.

Segundo día de clases de tercer año, profesora nueva de una materia nueva llamada Historia del Arte. Actividad, analizar un cuadro azteca y otro español para buscar puntos en común. Como las dos obras tienen carácter mítico, recurro a la fenomenología de las religiones (Mircea Eliade) para exponer livianamente una tesis señalando las imágenes de jóvenes dioses murientes y las prácticas caníbales que comparte el cristianismo (bajo la forma de la eucaristía) con las religiones precoloniales y que pueden explicar las coincidencias pictóricas.  Aunque mi tesis es completamente académica, toda la clase me mira hubiera dicho cosas gravísimas. La profesora sonríe y se limita a preguntar: ¿Vos no sos correntino, no?

En general convivo con la moral conservadora de mis vecinos con piedad y cariño (al fin y al cabo, el extranjero soy yo, y sería desagradecido pasármela señalando con el dedo) pero hay hechos que no se pueden callar. No, no es normal que la iglesia sea la que pide explicaciones al Estado cuando un documento oficial no incluye la cruz católica, y mucho menos que la curia amenace con impedir el retiro de símbolos no republicanos. No es sano para la democracia que ante una decisión administrativa los cruzados salgan a anunciar una nueva lucha. A veces los obispos no tienen nada que envidiarle a los ayatolás iraníes, pero eso no significa que haya vía libre para actuar como talibanes. Personalmente estoy a favor de eliminar toda simbología religiosa de las instituciones estatales, pero pienso dar un debate al respecto, no una batalla.

En algún momento la sociedad correntina tendrá que entender que hay un fino límite que separa la identidad cultural del fundamentalismo y que hoy, para desgracia de las ideas republicanas que fundaron el país (que también es Corrientes), se lo está cruzando.

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