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nov 23, 2011 - Herramientas, Literatura    4 Comments

Vienen bajando, Primera antología argentina del cuento zombie

La versión oficial cuenta que un grupo de amigos con presencia en Twitter decide escribir cuentos con un tema común. La evidencia real es una sólida antología de nueve cuentos que excede la dimensión de la obra cómplice y se abre a tópicos vitales.

El poscapitalismo financiero contra los zombies desarrolla una lúcida reflexión económica y humana encarnada en las reflexiones y decisiones del gerente de un café. En Última emisión de Seis por el Siete a las Ocho nos topamos con una entretenida crónica que es a la vez una postal del horror televisivo y una metáfora adecuada de esa tragicomedia que se da en llamar el fin del periodismo. La acción sobre un escenario steampunk de Ese zombie, con una iconografía que combina a Rodolfo Walsh con Juan Manuel de Rosas y Ronald McDonald es una de las apuestas más arriesgadas y logradas del libro. El diálogo informal usado en Toque de queda para reconstruir una noche de locura y muerte es otro hallazgo recursivo poderoso. Con Amigo Zombie y El proyecto Marca se retoma exitosamente el tratamiento de la práctica política contemporánea y los conflictos de la democracia local. La original óptica del problema zombie a través de un video generacional de MTV o Youtube en La masacre del equipo de vóley resulta de una proyección tan exacta que llega a ser perturbadora. La narración en clave pornográfica en La chica de la lengua desflecada, con final de homenaje literario, compone una hermosa sinfonía donde tampoco está ausente el elemento popular. Por último, la bitácora personal que narra el fin de la infección en El último cierra con maestría una original colección de cuentos que logra con suficiencia los objetivos éticos y estéticos del género: remover las conciencias y azuzar el miedo.

Vienen bajando, Primera antología argentina del cuento zombie puede descargarse y leerse gratuitamente en formatos .pdf, epub y mobi.

jul 31, 2011 - Fragmentario, Literatura    5 Comments

El fiscal, dos fragmentos

Augusto Roa Bastos es, además de uno de los autores latinoamericanos más geniales, uno de los menos valorados. Mi abuelo, paraguayo y comunista, me incitó a leerlo en la adolescencia. La siesta en que empecé, con Hijo de hombre, mi tío me encontró a la sombra de una planta de mango y, mirando la portada, me arrojó:

—¿Te mostré mi foto con Roa Bastos?

Y me la mostró. Es una foto en Asunción y el escritor tiene puesto un saco blanco que desentona con la informalidad de los demás transeúntes que recorren la plaza.

Desde esa extraña iniciación mi relación con sus novelas fue signada por un carácter familiar y casi íntimo. Luego, al ingresar a la universidad, me sorprendí varias veces de que personas cultísimas a las que interrogué ni siquiera supieran de su existencia, o desdeñaran su literatura sin motivos aparentes. Hoy empecé a releer otra vez El fiscal, mi favorita, y pensé que tal vez compartir un par de fragmentos serviría para que en al menos un grupo de conciencias se revirtiera esta injusta falta de lecturas. Después me cuentan.

(…) Vivimos solos, igual que en los sueños. De pronto aparece alguien que es capaz de leer esos sueños, de entrar en ellos transformándolos en una fantástica realidad. Eso logró Jimena con mi vida. Se entrega por entero a la causa de los demás, sin dejar nada para sí. Su destino es el de las personas que han sido desprovistas de todo, salvo de la generosidad. La ha concentrado en mí por creer tal vez que yo era alguien a quien todavía se podía salvar. (…)

Jimena amuebla un incierto porvenir con esos restos de otras épocas, acaso por aquello de que el recuerdo del pasado es todo el futuro que nos queda. Ella permanece fuera del ordenado hacinamiento como si el tiempo no la tocara y sólo ella pudiese manipularlo en esos objetos con sus manos largas y flexibles sin que su aire distante y concentrado se altere. Con rápidos toques de plumero desviste de polvo todas aquellas cosas destinadas a ser polvo. Jimena vive en la casa, yo la ocupo (…)

Contra la literatura juvenil

Explorando

Explorando la biblioteca

Se ha puesto de moda en el microclima de los profesores de lengua y literatura de secundaria elegir lecturas anuales de ese movimiento editorial que se da en llamar literatura juvenil. Por razones de mercado, estas obras siempre son al menos cuatro veces más caras que cualquier título tradicional, pero eso no parece importar demasiado. Año tras año, cuando se diseñan los programas de estudio, se reactualiza este debate donde los profesores más viejos son progresistas (en tanto abiertos a esta nueva corriente) y los más jóvenes fungimos de conservadores.

El revisionismo al que fue sometido el canon occidental -tan válido, tan necesario- tuvo como consecuencia no deseada la pérdida de lecturas que antes se consideraban sacrales. De a poco, se eliminaron de la escuela las clásicos, se aniquilaron los modernos y se borraron los contemporáneos. Lo que queda, entonces, es esa nada: novelas adolescentes escritas en lenguaje adolescente, novelas de quinientas palabras para lenguajes de quinientas palabras, escritura vacua, argumento predecible y efectista desde el primer párrafo. La consigna de la literatura juvenil parece basarse en que los jóvenes son idiotas.

Pero no. Tan sencillo como probar para darse cuenta de que los alumnos son mucho más capaces que en las novelas que se escriben sobre ellos (y acá es donde aclaro que trabajo en una escuela pública, para evitar chicanas prejuiciosa y esperables). Basta con llevar caligramas de Apollinaire a un primer año, poesías de Miguel Hernández a un segundo, cuentos de Edgar Allan Poe a un tercero. ¿Y Cortázar? ¿Qué autor más juvenil que Cortázar, el de los torpes cronopios, el de los accidentes de pullover, el del vómito de conejitos?

Leyendo

Alumnos de quinto, leyendo

¿Por qué un joven se reiría más de la trivialidad de una vida cotidiana -que es también suya- que del Quijote volando sobre las aspas del molino, o formando parte involuntaria de un trío sexual que terminará en golpes para todos? ¿Por qué se emocionaría más con el enamoramiento silvestre de un personaje adolescente plano y soso que con el amor trágico de Romeo y Julieta, o con el imposible de Molina y Valentín en El beso de la mujer araña, o con el torturado de El fiscal? ¿Que a un chico de dieciséis años la lectura de Los siete locos le puede tener preguntas? ¡Maravilloso! Una obra que no genera preguntas en la niñez, en la juventud, en la adultez y en la ancianidad es una obra que no merece ser leída. Es tarea del docente, en todo caso, acompañar este proceso.

Mis alumnos han leído con fascinación a Aldous Huxley y a Federico García Lorca, a César Vallejo y a Oscar Wilde, a Miguel de Cervantes y a Guy de Maupassant. La gran mayoría no sólo sobrevivió, sino que aprobó la materia y puede dar cuenta de sus lecturas. Quisiera derribar otro prejuicio, que es el de dedicar el canon a las lecturas de las modalidades humanísticas: la escuela en que trabajo es de orientación técnica en electromecánica. Al menos en el mundo que yo quiero, tanto el electricista como el profesor de arte deben poder hablar de Borges con comodidad.

¿Qué es, entonces, la literatura juvenil? Algo que no existe. Lo que existe es la literatura y está ahí, en cada biblioteca, esperando que un joven tome un libro para escribirlo de nuevo.

sep 27, 2010 - Sociedad    4 Comments

Un argentino diferente

El pasquín La Nueva de Bahía Blanca publica esta repugnante carta de lectores (me entero via @NoLugarenia).

Me considero un argentino diferente, porque soy un negro que habita en el Conurbano bonaerense, aunque podría estar viviendo en alguna de las villas de la Capital; total, hay tantas que alguna me dará conchabo; no importa en cuál, me da lo mismo.
No soy muy viejo, tengo apenas 35 años, pero ya tengo 5 pibes, por los cuales y gracias a los giles que aportan, cobro 900 pesos en concepto de asignación universal por hijo, más 1.000 pesos por un plan Argentina Trabaja, más un plan Trabajar de mi mujer por 150 pesos, que duplico por otros dos planes iguales de mis suegros, lo que suma un total de pesos 2.350 para mi hogar.
Todo esto me viene gratis, ya que ninguno trabaja y lo cobro sin problemas en los cajeros.
La casa donde vivo me la regalaron o la usurpé, me da lo mismo.
A todo esto hay que sumarle alguna changuita que me hago cuando el puntero peronista me convoca y voy a vociferar a la vía pública la Marcha Peronista en apoyo a Cristina, con un palo o un fierro en la mano, con la cara tapada con pañuelos o pasamontañas.
¿Trabajar? ¿Para qué? Nada, no trabajo. ¿Para qué?, si con lo que me da el gobierno alcanza y sobra.
No pago impuestos, la luz y el gas me los subsidian, me dan bolsones de comida, calzo de primera marca, estoy enganchado al cable y tengo celular de última generación.
Tengo tiempo para ir a la cancha, juntarme con los muchachos de la barra brava para romperle la cabeza a un contrario o a un policía.
Me gusta romper los trenes, las plazas, las bolsas de basura y hacer pintadas en algún edificio público.
En la heladera, tengo un amplio surtido de vinos y cervezas, además del paco y la merca.
De la alimentación de mis vástagos se ocupa la escuela pública y si alguna maestra se atreve a querer disciplinarlo, voy con mi mujer y le pegamos una piña, qué se cree que es. A veces, los llevo a las marchas, para que vayan absorbiendo la cultura piquetera, y los uso como escudos humanos, si los ratis se ponen pesados.
A veces, la merca me hace mal y salgo a afanar, a víctimas fáciles, como los pibes que salen de las escuelas o los jubilados, porque esos no saben defenderse. Si engancho algún laburito fácil, lo hago por pocos días y nunca en blanco, porque pierdo los planes sociales, y eso es fatal para mí.
La farra empieza para mí los viernes: hago sonar Los Pibes Chorros, me drogo; luego, asado los fines de semana y, por culpa de la resaca, los lunes duermo hasta tarde.
Si hay algo que no me gusta, salimos con los compa a cortar calles, con un arsenal de piedras para repartir a troche y moche.
Me río de los imbéciles que trabajan y pagan sus impuestos, porque gracias a ellos yo puedo seguir adelante con mi cómoda vida.
El Estado me garantiza libertad de acción y si caigo preso por algún motivo, las benignas leyes y los derechos humanos me amparan.
No tengo mucho más que decir. Recordá siempre que yo existo gracias a vos y a tus impuestos. ¡Gil de goma!… Sigan participando.
Un argentino diferente.
PS: Esto no es más que un sueño relatado. En mi Argentina, esto no existe o, si existiere, sería para pensar.

Humberto Adalberti
Bahía Blanca
Antes de vomitar, googleé (perdón por el barbarismo) para ahondar en más datos sobre el firmante. Adivinen qué.
Por disposición de la Justicia federal de Bahía Blanca fue detenido el capitán (R) Humberto Luis Fortunato Adalberti, médico del Cuerpo V de Ejército durante la última dictadura militar. El juez Alcindo Alvarez Canale le imputó “haber formado parte del plan criminal –clandestino e ilegal– implementado para secuestrar, torturar, asesinar y producir la desaparición de personas, utilizando la estructura orgánica de las Fuerzas Armadas” y lo sindicó como partícipe necesario en el delito de tormentos reiterados.

Arquitextura de la censura

Arquitextos, en la mira de los censores

Arquitextos, en la mira de los censores

La polémica en torno a la publicación, lectura y posterior censura de Arquitextos acabó (¿tengo que empezar a cuidarme de algunos términos?) tomando trascendencia nacional. Manual pedófilo, encabeza la revista Noticias sin darse cuenta de que la cita textual que hace del poema en cuestión desmiente el título. Como si la literatura pudiera servir de manual de algo que no sea más literatura. Pero explicar la autonomía de la ficción o la imposibilidad de hacer lecturas morales de la poesía a la pequeña burguesía de Coronel Du Graty, a los cagatintas de los pasquines o a las burocracias estatales no es tarea fácil. Como dice Alfredo Germignani, está muy en claro que esta gente no lee ni el almanaque.

La versión oficial dice que el libro nunca estuvo destinado a las escuelas. Todo indica que es así, porque surge de experiencias en talleres literarios con adultos para la formación de otros adultos. Aunque el problema político intenta cerrarse torpemente con la expulsión de algunos funcionarios de carrera y la requisa de las obras, a mí me interesa ir más lejos. Creo que el debate que se oculta es más profundo -y peligroso- que el visible.

Imaginemos que sí había partidas asignadas a entregarse en la secundaria. ¿La censura sí se justificaría en ese caso? Entonces tendrán que afilar las tijeras, porque el erotismo atraviesa la literatura desde Safo a Cervantes, desde Nabokov (¿también Lolita será un instructivo de pedofilia?) a Saramago, desde Oscar Wilde a Manuel Puig y desde el poeta del Cantar de los Cantares a Osvaldo Soriano. Todos estos autores pueden encontrarse fácilmente en cualquier biblioteca escolar y los profesores de literatura recurrimos a ellos cotidianamente. Aunque ciertas corrientes de opinión se horroricen, las escuelas no son los templos de asepsia que imaginan, sino lugares de formación ciudadana donde se aprende, se interactúa, se cuestiona. Donde se leen en voz alta las puteadas del Quijote o de Zezé, el protagonista de Mi planta de naranja-lima. Donde se debaten textos políticamente incorrectos, como el cuento de Lugones que compara a los negros con los monos, de la colección ilustrada de La Nación editada conjuntamente con el Ministerio de Educación de la Nación (¿pornografía no, racismo sí?).

La discusión sobre cuáles son los límites de lo legible en las aulas está destinada al fracaso. El mejor ejemplo es el de los cineastas que negociaban con Tato -censor fílmico de la dictadura- y resignaban borrar una teta para incluir una mala palabra, o cambiaban una escena en la cama por un beso con toqueteo furioso. La banalidad es más que una característica de la censura, es el combustible que la origina, la autoriza y la ejercita. La escuela pública -y por tanto republicana, laica e ilustrada- no puede permitirse ningún autoritarismo sin caer definitivamente en la incompetencia y el ridículo.

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