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Una directora contra la memoria

La directora de un colegio primario de la localidad correntina de Mercedes ordenó que los alumnos de quinto grado en ese establecimiento, arranquen de sus cuadernos de música una página con la letra de la canción “La memoria”, compuesta por León Gieco. La directora de la Escuela 82, Alicia Mónaco, dispuso la medida tras calificar la letra cuestionada de “inapropiada” para los estudiantes, presuntamente debido a la queja de un ex militar, padre de uno de los alumnos, que la calificó como “subversiva”. (…)

Agencia Rodolfo Walsh

(…) Nuestra enana fascista, que con toda seguridad seguirá creciendo, siguiendo los consejos del inefable Pancho Ibañez, tomando todo el danonino necesario, reprime nuevamente al reprimido. El padre militar, que como todos saben, debe ser mas militar que padre, considera que la letra es subversiva. Tiene razón. La derecha siempre tiene razón, pero es una racionalidad represora. La letra subvierte la versión de los genocidas, también conocida como la historia oficial. (…)

Alfredo Grande, Pelota de Trapo

(…) El Ministerio de Educación correntino todavía no dijo nada en relación a este acto de censura, antidemocrático y a favor del olvido y la impunidad.

En forma paralela, en el sur profundo de la provincia de Santa Fe, en la localidad de Melincué, un grupo de chicas y chicos de una escuela pública investigaron los dichos del pueblo en torno a los cuerpos de una pareja de jóvenes revolucionarios que fueron enterrados en el cementerio local. (…)

Carlos del Frade, ACTA

No queda mucho más que decir: el gobierno debe remover inmediatamente a esta funcionaria por su conducta antidemocrática. Alguien así no puede estar al frente ni siquiera de un aula.

Arquitextura de la censura

Arquitextos, en la mira de los censores

Arquitextos, en la mira de los censores

La polémica en torno a la publicación, lectura y posterior censura de Arquitextos acabó (¿tengo que empezar a cuidarme de algunos términos?) tomando trascendencia nacional. Manual pedófilo, encabeza la revista Noticias sin darse cuenta de que la cita textual que hace del poema en cuestión desmiente el título. Como si la literatura pudiera servir de manual de algo que no sea más literatura. Pero explicar la autonomía de la ficción o la imposibilidad de hacer lecturas morales de la poesía a la pequeña burguesía de Coronel Du Graty, a los cagatintas de los pasquines o a las burocracias estatales no es tarea fácil. Como dice Alfredo Germignani, está muy en claro que esta gente no lee ni el almanaque.

La versión oficial dice que el libro nunca estuvo destinado a las escuelas. Todo indica que es así, porque surge de experiencias en talleres literarios con adultos para la formación de otros adultos. Aunque el problema político intenta cerrarse torpemente con la expulsión de algunos funcionarios de carrera y la requisa de las obras, a mí me interesa ir más lejos. Creo que el debate que se oculta es más profundo -y peligroso- que el visible.

Imaginemos que sí había partidas asignadas a entregarse en la secundaria. ¿La censura sí se justificaría en ese caso? Entonces tendrán que afilar las tijeras, porque el erotismo atraviesa la literatura desde Safo a Cervantes, desde Nabokov (¿también Lolita será un instructivo de pedofilia?) a Saramago, desde Oscar Wilde a Manuel Puig y desde el poeta del Cantar de los Cantares a Osvaldo Soriano. Todos estos autores pueden encontrarse fácilmente en cualquier biblioteca escolar y los profesores de literatura recurrimos a ellos cotidianamente. Aunque ciertas corrientes de opinión se horroricen, las escuelas no son los templos de asepsia que imaginan, sino lugares de formación ciudadana donde se aprende, se interactúa, se cuestiona. Donde se leen en voz alta las puteadas del Quijote o de Zezé, el protagonista de Mi planta de naranja-lima. Donde se debaten textos políticamente incorrectos, como el cuento de Lugones que compara a los negros con los monos, de la colección ilustrada de La Nación editada conjuntamente con el Ministerio de Educación de la Nación (¿pornografía no, racismo sí?).

La discusión sobre cuáles son los límites de lo legible en las aulas está destinada al fracaso. El mejor ejemplo es el de los cineastas que negociaban con Tato -censor fílmico de la dictadura- y resignaban borrar una teta para incluir una mala palabra, o cambiaban una escena en la cama por un beso con toqueteo furioso. La banalidad es más que una característica de la censura, es el combustible que la origina, la autoriza y la ejercita. La escuela pública -y por tanto republicana, laica e ilustrada- no puede permitirse ningún autoritarismo sin caer definitivamente en la incompetencia y el ridículo.

El altillo

Más allá N° 21

Más allá N° 21

Cuando éramos niños, la gran aventura que compartíamos con mi hermana, algunos de mis amigos y dos de sus amigas consistía en escalar el esquinero que hacía de botiquín y armario de zapatos para subirnos al altillo de la casa.

El habitáculo seguía, como es natural, el diseño de las dos aguas del techo y tenía treinta centímetros en su parte más baja y poco más de un metro y medio en la más alta. Es decir, no caminábamos jamás, con suerte gateábamos y la mayor parte del tiempo reptábamos bajo las chapas que en verano nos enloquecían de calor y en invierno nos mataban de frío.

Subíamos con caramelos, con la chocolatada, con varias linternas y lámparas y nos acostábamos en dos colchones rojos de tamaño impresionante que contenían más polvo que el suelo mismo, a conversar y a leernos en voz alta bibliotecas enteras. Bajábamos con una mugre impresionante, medio intoxicados por el aire enrarecido de ese cuarto bajísimo y sin ventanas. Nunca volví a vivir una experiencia de lectura tan intensa.

Tal vez por nuestra torpeza física prepúber, tal vez porque hacía frío y pasábamos más tiempo en el altillo que en el resto de las habitaciones, unas vacaciones de julio nos percatamos de que apenas podíamos movernos. En nuestras alocadas búsquedas, habíamos desordenado el lugar hasta convertirlo en un camino de obstáculos constantes. Mi mamá nos ayudó a bajar todo lo que había en el sitio, y podría enumerar, como en un Aleph lleno de telarañas, que vi un exprimidor de jugos hecho de lata, vi una máquina de hacer fideos, vi un laberinto roto (era un ajado libro de crucigramas), vi un televisor inútil que nunca emitió colores, vi cuadernos, vi lápices, vi monederos, vi cubiertas de bicicleta, vi platos marmóreos, vi formas de madera que mi padre guardó inmediatamente debajo de la parrilla, vi papeles clandestinos, vi libros peligrosos. Entendí lo último con cierta dificultad gracias a la pedagogía paternal y cuando nos señalaron la caja en cuestión olvidamos todo lo demás.

Nos dedicamos a desmenuzar lo que mis padres habían ocultado hace tiempo por alguna razón que imaginaba terrible y fascinante. En la caja dormían decenas de libros con tapas llenas de figuras geométricas coloridas y espectros abisales sobre fondos negros. Se trataba de la serie casi completa de la revista Más Allá, una joya de la literatura de ciencia ficción nacional y extranjera. No preguntamos por las demás cosas ocultas (manifiestos políticos, pósters de un barbudo y otros elementos extraños), seguros de que al llegar la adolescencia nos interesaríamos en expropiar también esas otras cajas (así lo hicimos).

El altillo ya estaba limpio y ordenado, así que corrimos a refugiarnos para leer, a la luz mortecina de las viejas lámparas, nuestras nuevas historias. Cada uno tenía un libro, y recuerdo haber comentado a los demás, con risas, un artículo que anunciaba épicamente como tecnologías del futuro al electroencefalogama y a los satélites espaciales. Era un número de 1954. Leímos durante meses o años, ya no lo sé. Lo que recuerdo claramente es que un sábado subí solo, de noche, para leer uno de los ejemplares cuya tapa me atemorizaba especialmente. Debía tener nueve años. Hallé una traducción interesante que promocionaba a un autor novel (en ese momento), de origen norteamericano, llamado Ray Bradbury. El capítulo se titulaba Los largos años. La soledad de mi lectura fue dejando lugar al horror y a la piedad, al miedo y a la locura. Bajé a la parte poblada de mi casa, al planeta donde mis padres y mi hermana dormían tranquilos, y logré acostarme y dormirme aterrado y confuso. El cuento me provocó tal impresión que nunca olvidé el argumento y se lo relaté de memoria a decenas de personas durante mi vida. Lo releí ayer, quince años después, y todavía me produce escalofríos. Sentí ganas de compartirlo, de que algunos más me acompañen en la revisión de estas páginas que, estoy seguro, cambiaron mi forma de entender el mundo.

feb 26, 2010 - Copiar/ Pegar, Noticias    No Comments

Ese hombre

Rodolfo Walsh

Rodolfo Walsh

Los genocidas bufan su derrota de tal manera que, sin darse cuenta, hacen homenajes.

Ante el juez Federal Sergio Torres, el sobreviviente Ricardo Coquet había relatado que otro de los imputados en el juicio, el ex policía Ernesto “220″ Weber, le había contado orgulloso: “Lo bajamos a Walsh. El hijo de puta se parapetó detrás de un árbol y se defendía con una 22. Lo cagamos a tiros y no se caía el hijo de puta“. Además, otros detenidos que sobrevivieron a la ESMA, contaron que el cadáver de Walsh fue exhibido a los secuestrados en el centro clandestino de detención.

En otro tramo de su carta al TOF5, Acosta denunció como “apología del delito” el aplauso que brindó una parte del público que asiste al juicio cuando el Tribunal, a través de su secretaría, hizo leer la “Carta a las Juntas” que Walsh escribió en el primer aniversario de la dictadura.

Juicio por la ESMA – Clarín.com

Para los que tengan ganas, las propuestas de la campaña Un acto de libertad siguen tan vigentes como Rodolfo.

Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo, oralmente (…)

feb 5, 2010 - Ensayos y errores    3 Comments

Oposición y ficción

¿Néstor Kirchner camina desesperado por los pasillos de Olivos, incendia los teléfonos, da órdenes, jura venganzas?

No, no es una novela de Fernando Iglesias, es el comienzo de un artículo de La Nación. Y después dicen que la literatura está acabada. Voy a practicar para sumarme a esta nueva corriente del análisis político:

¿Julio Cobos mea copiosomante mirándose en el espejo del baño, piensa en a quién le falta traicionar, adelanta el cuerpo, se lo sacude?

¿Elisa Carrió se peina con dedicación, encuentra una cana, pega un grito, lanza la muñeca vudú de Stolbizer por la ventana?

¿Mauricio Macri mira El secreto de sus ojos en una copia pirata, anota escenas para hacer metáforas políticas, se aburre, cambia la película por otra de tiros?

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