Tagged with " colectivo"
ene 7, 2011 - Conversaciones, Lenguajes    12 Comments

Historia de sordomudos

Ella subió primero, él sacó los boletos, con paciencia, mirando el escote ineludible de la rubia sentada junto a la máquina. La chica se dio vuelta a consultar qué asientos elegir, y lo atrapó.

Con esa alegría maligna que provocan las pequeñas desgracias ajenas, los pasajeros mirábamos como la novia celosa increpaba al muchacho. Tardé unos segundos en darme cuenta de que lo llamativo no era la escena, sino la ausencia de sonidos. La piba dibujó un recorrido con dos dedos entre sus ojos enrojecidos y sus propias tetas, señaló con prudencia en dirección a la rubia y realizó un gesto de asco sobre su flequillo. Rechazó los abrazos del pecador, que no encontraba otro punto de defensa fuera de restarle importancia a las cosas, pestañeando y negando. Cuando intentó mover las manos para decir algo, lo calló regresándole las palmas a los costados.

Así, llegamos al puente y la lucha seguía. Ahora el flaco -que, luego de bancarse todos los discursos indignados, había tomado la iniciativa- exageraba señas y muecas, mientras su interlocutora, impasible, le daba pequeños cachetazos y se tapaba la boca con la mano ante el mínimo intento de beso. Para esa altura todos estábamos más a favor del chico, porque el sentido común dicta que media hora de castigo verbal era algo desproporcionado para cinco segundos de ojos puestos en unas tetas, más allá del debate esencial de si las tetas lo merecían o no. Llegábamos a Corrientes. Mi compañero de viaje me contó algo sobre una imprenta tomada que no alcancé a retener para no perderme esta historia.

Sin avisar, el muchacho hizo retroceder el pie derecho, dibujó una finta en el aire ante la nariz de su sorprendida amada, puso las dos manos en el corazón y se lo ofrendó con las manos juntas y abiertas. Con mucha más furia que la que usaron para pelearse, se besaron. Los mirones nos miramos aliviados y sonrientes, pensando en silencio. Ellos siguieron hablando durante todo el resto del viaje.

ago 17, 2010 - Literatura    1 Comment

Los noventa

Bus - illustrationshack.com

Bus - illustrationshack.com

Mi modesta hipótesis es que la culpa se debe a las luces. Nunca hubo tantas, de tantos colores, en tantas calles. De pronto la pequeña ciudad era una réplica a escala de Nueva York -la de las películas, se entiende- con sus carteles y vitrinas que enceguecen, su neón, sus proyecciones. Hasta los más pacíficos se volvían irritables e incluso violentos. Todo funcionaba más rápido que nunca. La palabra que nombraba todo era “progreso”. Dormíamos muy poco, pero el tiempo que estábamos despiertos era lo más parecido a lo que recordábamos como sueños.

Elegí la butaca individual sobre la rueda trasera del colectivo, la más alta, la más sola. Nunca sentí especial atracción por la gente, y menos desde que trajeron las luces y comenzó a dolerme la cabeza todo el tiempo (a la hora de dormir es peor, porque no puedo conciliar el sueño sin media botella de ginebra con pastillas). Abrí al azar una página del diario y leí de forma superficial los policiales del día.

Una señora que acababa de subir se quejaba frente a la máquina. Al parecer no había impreso el ticket ni devuelto las monedas. El camionero tocó botones y maniobró contactos en silencia, aturdido por las bocinas e invocaciones a su madre de los conductores que pasaban junto a él. Impotente, se agotó y observó con cálculo el problema. Luego, lo impensado. Las patadas con brutalidad y método hasta rajar el plástico, los indicadores de la pantalla muertos y del artefacto herido, miles de monedas brotando en impresionante sangría, cubriendo todo el piso. El conductor miró con sorpresa, nosotros con temor. Pocos segundos pasaron hasta que uno de los más jovencitos, joven y audaz, empezara a guardarlas de a puñados en los bolsillos. Desde el suelo nos miró a los que estábamos quietos con reproche y desprecio, y afirmó.

-Monedas, pelotudos.

Entonces todos nos abalanzamos a la vez, abriendo camino a golpes, sin diferencias de género, clase social u opinión política. El conductor no estaba escandalizado, su cara era más bien de extrañamiento ido. Cuando no quedaban monedas que recoger pero sí moretones que inventariar, se sentó y manejó hasta finalizar el recorrido. Luego se perdió en la avenida. Uno de mis vecinos me contó ayer que lo habían despedido sin indemnización, por no haber impedido que la turba se robara el dinero de la empresa en sus narices.

No me siento culpable, porque todos lo fuimos. Nadie puede juzgarme. Con los últimos noventa centavos me compré ginebra, aunque ya no me duela la cabeza. Supongo que debo estar acostumbrándome a las luces.

oct 23, 2009 - Conversaciones, Prosa    4 Comments

Siempre decir la verdad

chicaleyendoPor más que lo intentaba, no lograba distinguir las letras de tapa. Tampoco podía moverme mucho más si quería pasar desapercibido. La chica tenía el libro abierto levitando sobre sus piernas y parecía ser la única que no se interesaba por el accidente que en ese momento exhibían las ventanas. Estaba en trance.

Me acerqué con cautela a la barra de agarre de su asiento. Con una discreción que creí suficiente, comencé a leer a sus espaldas con avidez, olvidando también que existía un mundo, y me rodeaba.

La página describía una conversación entre dos estrafalarios borrachos, a orillas de un puerto desconocido. A golpe de vista se notaba que el autor era latinoamericano. Al final del segundo párrafo, era obvio que la escritura pertenecía a Juan Carlos Onetti. Satisfecho, levanté los ojos y me encontré con la mirada de la lectora original, expectante y sardónica.

-¿Querés saber qué estoy leyendo?

Lo dijo con naturalidad pero con dejos de preocupación. Temí que me creyera un degenerado o, peor, un obseso de las letras y las artes. Me preparé a dar la respuesta más tranquilizante y correcta que encontré.

-No, nada que ver. Es que tenés lindas tetas.

Se sonrió, y más cuándo un viejo giró para lanzarme un sermón. Aliviado, toqué el timbre y me bajé. Faltaba poco para llegar al centro y el día estaba precioso para caminar un poco.

sep 10, 2009 - Ensayos y errores, Sociedad    10 Comments

Los nuevos espejos

La imagen soy yo

La imagen soy yo

Bebían la sabiduría en su propia fuente. Era un raro privilegio.

Un mundo feliz, Aldous Huxley

Combatí por años contra uno de los lugares comunes de la tecnofobia, ése que supone que los avances electrónicos contribuyen a la deshumanización de la especie. Hace unas horas, en el colectivo, tambaleé por primera vez y reconsideré mi convicción.

Que la gente ya no conversa en los colectivos no es una novedad. Incluso las parejas de adolescentes que se besan y manosean alegremente en la vereda, ocupan asientos juntos para dejar de mirarse y enviar mensajes a sus amistades o familias. Se podría argumentar que los arrumacos en el colectivo incomodan más a las personas decentes que los toqueteos en la vía pública, o que la distribución del tiempo tiene esas paradojas, o que es un buen síntoma de inter-independencia de las nuevas parejas y muchas cosas más.

Lo inaceptable, lo repugnante, lo que debería ser absolutamente ilegalizado es el comercio de los nuevos modelos de celular con la camarita en el mismo sentido que la pantalla y el teclado. No quiero volver a ver jamás a una muchacha absorta observando su propia imagen en 16 millones de colores, haciéndose autorretratos egoístas, sin posibilidad de fotografiar algo fuera de sí misma, a millones de años luz de eso que la rodea y que antes se llamaba mundo.

Imagen: Maraña Gestual

Páginas:12»