Ingreso al aula. La profesora anuncia que desde ese momento el profesor soy yo y luego se sienta junto a Ramón, en el fondo. Me presento nuevamente, tomo una tiza (llevo una bolsa con decenas de tizas, de todos colores) y escribo dentro de un rectángulo la sentencia Texto expositivo. Luego, por medio del diálogo, los alumnos se encargan de las bifurcaciones correspondientes. Me limito a insistir cuando es necesario un tecnicismo y a bucear en las definiciones que recuerdan. Cuando los conceptos se agotan, cierro el cuadro dando por terminado el repaso.
Presento el tema del día, cuyo título -Artículos de divulgación científica- no es precisamente motivador. Borro el cuadro anterior y dibujo uno nuevo, ramificándolo hasta llegar a los recursos más importantes, en los que insisto especialmente (son el fundamento de las actividades del día) ofreciendo todos los ejemplos que puedo. Miro el reloj, comienzo a preocuparme y me detengo unos segundos frente al banco donde dejé mis carpetas a mirar fijamente la secuencia de clase, a modo de conjura o exorcismo. Cuando levanto la vista, la clase se ha convertido en una reunión de amigos, donde todos conversan, contrabandean papelitos, planifican salidas.
-Chicos, chicas, alumnos, alumnas, silencio, silencio, paz- pido a la manera de canto ritual. Algunos responden al pedido y exigen a sus prójimos y prójimas que hagan lo mismo. Recupero momentáneamente la atención.
- ¿Copiaron el cuadro?
- Nooooo.
- Bueno, entonces, antes de seguir copiando quiero que escriban algo. Dicto en voz alta para que puedan organizarse.
Declamo entonces el texto modelo, que estaba pensado para ser copiado del pizarrón, aunque en ese momento no recuerdo por qué. Luego de que los alumnos reconocen los procedimientos utilizados, cuando es tarde, lo averiguo: los datos del texto están subrayados para su selectiva eliminación, de la siguiente forma:
Las aulinas. Las aulinas son grupos moleculares compuestos por alumnites y profesorinos. En las aulinas se encuentran varias estructuras extrañas, por ejemplo, la clase inquieta y la exposición con tarea. Las aulinas normalmente varían mucho. Dicho en otras palabras, cada aulina contiene un mundo diferente. Son como baúles del tesoro, en donde nunca sabemos qué encontraremos, pero siempre encontraremos algo distinto.
Procedo, desesperado, a releer el texto indicando de forma oral las palabras a subrayar, que decido invertir para mayor facilidad. La clase, de todos modos, no distingue con exactitud lo que señalo. Cuando digo que las aulinas son grupos moleculares compuestos por alumnites y profesorinos y pido que subrayen las y son, la catarata cae con toda su fuerza:
-¿Sólo son y las?
-¿Todos los son o sólo el primero?
-¿Cómo dijo?
-¿Subrayo con colores distintos?
-¿Eso es lo que se subraya o lo que se deja?
-¿Hay que subrayar?
-¿Qué iba de título?
-¿Eso nomás subrayamos?
-¿Qué fecha es hoy?
Logro, mediante una feroz insistencia, que todos dejen de hacer preguntas y se limiten a escuchar y subrayar. Cuando leen el texto, compruebo que lo hicieron correctamente. Miro el reloj y compruebo que la torpeza inexplicable de ceder al dictado se llevó la mayor parte de la hora.
-La actividad es sencilla: con las palabras que subrayaron, construyan un nuevo texto científico.
No, la actividad no es tan sencilla. Vuelvo a explicarla de distintas formas, hasta que aparentemente todos comprenden. Exigen saber, con razón, sobre qué demonios escribirán su texto.
-Sobre un objeto que inventen en base a su nombre más una de estas tres terminaciones que escribo en el pizarrón. La idea es que podamos aplicar los recursos que estudiamos a un texto creado por nosotros.
- No entiendo- se repite como un eco.
- A ver, grafiquemos. Yo, por ejemplo, escribiré sobre los martines, los martinos o las martinas. Luego: Los martinos son organismos enanos capaces de hablar. En los martinos se encuentran varias características contradictorias, por ejemplo, su tendencia a ser aburridos y sus intenciones de no serlo. Los martinos normalmente…
-¡Ahh! -aprueban todos- Claro, inventamos con nuestros nombres con las palabras subrayadas.
-Exacto. Bueno, entonces comiencen. Tienen cuatro minutos.
Todos se quejan pero comienzan a escribir apurados. La actividad insume, por supuesto, el triple de ese tiempo, pero me justifico pensando en que la culpa no es mía, sino de la secuencia y del sádico pretencioso que la hizo, a quien obedezco pero intento borrar de mi conciencia.
-Bueno, vamos a leer.
-No terminamos.
-No importa, al menos la primera oración.
-Los juaninos son componentes tóxicos que contaminan el barrio Ponce.
-Las marininas son viajeras incasables que andan por todos los mares.
-Los sebastines son sustancias químicas que contienen oxígeno, cloruro de sodio y ácido sulfúrico…
-Muy bien todos. Traten de tener completa la producción para la próxima clase.
Extrañamente, todos siguen concentrados en el texto -aunque el fin de la hora es inminente- y me llaman insistentemente para mostrarme sus definiciones. Tras varias rondas de verificación y pasados siete minutos de la hora, comienza a indignarme la negligencia de quien esté a cargo del timbrado.
De pronto, como una revelación, descubro que quedan todavía quince minutos de la clase que diez minutos atrás di por cerrada. Algún malicioso demiurgo se los había llevado de mi conciencia, como a esos recuerdos que no se quieren.
Por suerte, los alumnos interpretaron mi pedido para la próxima clase no como una despedida sino como un recordatorio (¡Bendito sea el marco de conocimiento y su influencia en la interpretación de los actos de habla!) y continuaron trabajando, sin enterarse de mi confusión, con la misma intensidad.
De todos modos, me invade la culpa de haber dejado libre mi lugar junto al pizarrón. Vuelvo allí, entonces, y busco en mi morral alguna salvación. No vendrá del viejo Borges, que probablemente fue quien, desde otro espacio, movió las piezas de ajedrez que alteraron mis minutos. Tampoco del Gabo, cuyos tiempos conducen siempre al vacío, lugar donde ya parezco estar.
Tiene que ser Julio Cortázar, docente de escuela, errante cotidiano, profesional de la torpeza, quien me asista. Abro el índice de los Cuentos Completos, pido un rato de atención y leo en voz alta Conservación de los recuerdos. Jugamos entonces a identificar definiciones de cronopios, ejemplos de famas y las comparaciones que se hacen entre ambas especies. Con excesiva puntualidad, suena el timbre.