Prefacio: Residencia en la tierra

Capítulo 1 de un total de 20 en Residencia en la tierra

El lunes voy a comenzar la residencia docente que me convertirá en un profesor de lengua de iuri. Este es el primer artículo de una serie sobre los acontecimientos de esta aventura inicial y final que titularé, a modo de homenaje a ese gran mago de las palabras que es Neruda, Residencia en la tierra.

Pese a la alteración natural, me tranquiliza conocer la escuela y la docente a cargo. Estuve haciendo prácticas en ese lugar y con esa profesora el año pasado. Me sentí muy cómodo, así que el trauma inicial está minimizado. Vuelvo a pensar en cada arista de ese espacio.

La escuela tiene varios problemas: sobrepoblación, vandalismo, deserción, y todos los inconvenientes de cualquier centro educativo de bajos recursos. Los alumnos deben rellenar un formulario y buscar en la preceptoría la llave para ir al baño. Los bebederos de agua están encerrados dentro de jaulas descomunales aseguradas con candados.

Por otra parte, hay una biblioteca generosa, un gran equipo docente, una dirección accesible.

Digo más, hay alumnos, que es en última instancia nuestra razón de estar.

En este momento me siento como imagino que ocurre en las citas a ciegas: sudo, temo, planifico, preveo, hipotetizo, ansío. ¿Cómo serán mis alumnos? Es decir ¿cómo serán conmigo? Y cuando sepa eso ¿cómo deberé ser yo? ¿Firme o flexible, creativo o directo, fluido o complejo?

Evidentemente voy a realizar una residencia, pero no sé si entonces seré el mismo que escribe estas líneas. Me preocupa el estar, como dice el lugar común, a la altura de las circunstancias. Cuando considero que esas circunstancias son la producción de conocimiento, la interpretación crítica, la significación de ideas, me parece más natural asustarme un poco. Sin embargo, aunque imagino inconvenientes, no vislumbro la catástrofe. La moral es alta, si bien nunca lo son las buenas costumbres.

Espero lo mejor de una oportunidad tan grande. Es una suerte, pienso, luego de tanta teoría abstracta y afrancesada, residir en una escuela tan dolorosamente terrenal y latinoamericana.

Día 1: Los inquietos y sus inquietudes

Capítulo 2 de un total de 20 en Residencia en la tierra

Llego a la escuela temprano, en virtud del tiempo necesario para presentaciones y recorridos. Me recuesto en el alambre tejido del cementerio de autos que enfrenta la escuela a hojear el diario y esperar a Ramón, que llega cinco minutos después. Entramos al edificio, nos presentamos con el personal de entrada, pasamos por la preceptoría general y subimos a pedir ayuda a la preceptoría de segunda planta. Eli, la preceptora a cargo, nos saluda amablemente y nos indica el salón.

La profesora llega puntualmente, nos saluda y entra al aula para explicarles a sus alumnos la novedad. El ruido en el patio todavía es ensordecedor -no todos los cursos están en sus salones- pero alcanzo a escuchar algunos fragmentos sueltos donde se solicita colaboración y tranquilidad. Momentos después, la profesora nos hace pasar. Saludamos a la clase y agradecemos públicamente a la profesora por darnos su tiempo y a los alumnos por prestarnos su curso. Luego la profesora toma la palabra para recibirnos.

-Quiero, antes que nada, darles la bienvenida. Para nosotros siempre es gratificante que haya residentes, así que también estamos contentos. Les comento que éste es un curso que está a mi cargo hace poco, pero que no tiene problemas importantes. Son bastante inquietos, sobre todo algunos alumnos varones… -cuatro alumnos, en el fondo, levantan las manos- que allá se están presentando. Fuera de eso, es una clase regular, como todas. Siéntense atrás y empezamos.

Nos acomodan unos bancos en el fondo del aula y luego de sentarnos caemos en la cuenta de haber cometido el primer error de nuestra residencia: Ramón, que tiene la anatomía de un leñador canadiense, se sentó en un banco minúsculo y bajo, simulando la imagen de un monje jorobado copiando algún antiguo pergamino. Mi caso fue inverso y todavía más ridículo: apenas alcanzaba a poner los pies en el suelo y la superficie de trabajo de la mesa llegaba hasta la altura de mi cuello, dando la impresión de que estuviera espiando la clase tras un muro. Rápidamente cambiamos de lugar con todo el disimulo posible.

La cantidad de alumnos, a simple vista, no es inusitada. Contamos un poco más de treinta alumnos, previendo algunas ausencias. La profesora repasa los temas analizados en el diagnóstico: comprensión de textos, análisis gramatical, ortografía. La mayoría no tuvo inconvenientes. La clase reconstruye la lectura del texto El héroe griego Aquiles, recordando los dones del aqueo, su ungimiento y el fatal detalle del talón. Una de las alumnas dice haber la película (no aclara cuál) y comienza a representarla.

-Estaba la chica mirando cuando el tipo, el enemigo, agarró el arco -narra, tomando entre sus manos una invisible flecha- y antes de que le tire la chica grita ¡Nooooooooo! pero el otro liga igual el flechazo y muere -finaliza, desmayándose sobre el banco. Todos ríen.

-Como ven -nos dice la profesora- tenemos una futura actriz en nuestro curso. Sólo voy a aclarar que el personaje que muere es Aquiles y la muchacha que se lamenta se llama Helena.
La profesora nos acerca, mientras continúa la clase, una copia del programa. Abarca los tipos de texto expositivo, informativo y literario, y varios temas de gramática.

-Ustedes arrancarían con textos de divulgación científica -nos aclara señalando un punto en el programa.

Mientras discuto con Ramón algunos detalles organizativos (resolvemos finalmente que yo daré clase las primeras semanas y luego él continuará) la profesora envía a una alumna a sacar unas fotocopias para el trabajo del día. Luego se controla la resolución de un trabajo práctico anterior sobre las características del texto expositivo. Todos responden, incluso los varones del sector que acabamos de bautizar como grupo IDEA (inquietos de atrás) aunque reconocen, ante la repregunta, haber copiado todas las resoluciones. Llegan las fotocopias y se dictan las actividades.

1. Leer el título: Las espirales inmortales.
2. ¿Qué serán las espirales inmortales?
3. ¿De qué se tratará el texto?

Cinco minutos después, todos hacen sus predicciones. Los alumnos determinan que las espirales famosas

1. No mueren.
2. Son extrañas.
3. Son como círculos.
4. Son como espirales de mosquitos (que de alguna forma, dice alguien, mueren, o por lo menos se queman).
5. Son espirales infinitas.
6. No morirán jamás.
7. Son gigantes y fueron creadas por un científico loco que les dio vida para luego hacerlas inmortales. Tienen poderes infinitos y andan sueltas por el mundo controlando la mente de las personas.

-Chicos, me parece que ustedes están dedicando mucho tiempo a ver tele. Me interesa saber qué pensaron nuestros invitados.

Los dos somos tomados por sorpresa, pero mis reflejos acuden con rapidez al sucio truco de mirar fijamente a mi compañero de banco, obligándolo a responder primero. Cuando él lo nota, balbucea:

-Sí, algo parecido pensé, imaginé algún dispositivo creado por la ciencia, porque no se me ocurre nada natural que tenga esa forma.

-Yo imaginé -cuento, luego de haber usado arteramente el tiempo discursivo de Ramón para fabular algo -grandes esculturas espiraladas legadas por alguna cultura. Son inmortales porque, como todo artificio, no tienen vida.

La profesora asiente.

Las tareas para mañana consisten en buscar el significado del vocabulario desconocido, preguntar a la profesora de ciencias naturales acerca de las clases de nucleótidos y tener cada uno su propia fotocopia. Cuando salimos de la clase, obedientemente, buscamos las nuestras.

Día 2: Entre la desoxirribosa y la adrenalina

Capítulo 3 de un total de 20 en Residencia en la tierra

La profesora retoma la clase pasada verificando qué respuestas se encontraron a las preguntas de la clase pasada. Una de las alumnas toma la palabra y lee el concepto de cromosoma y las clases de nucleótidos, que llevan nombres que bien podían pertenecer a ilustres damas de tiempos anteriores si estuvieran precedidas por el título de Doña: Guanina, Timina, Adenina, Citosina. No puedo evitar recordar a una comadrona de mi pueblo natal, Círcola llamada, lamentando que su nombre no tuviera otro honor que ser similar al de alguna forma geométrica. En fin.

Cuando ya nos encontramos completamente informados de lo fundamental del fósforo y de la esencialidad de los azúcares, pasamos a repasar lo nuestro: características del texto expositivo. El desempeño de la clase es muy bueno en el tema. La preceptora de planta irrumpe para efectuar un anuncio.

- Desde mañana se va a servir todas las tardes la merienda. Los interesados deben traer su propia taza y luego de ocuparla, lavarla y dejarla en el lugar que dispongamos. Repito: traen las tazas pero las dejan en la escuela, no se las llevan de nuevo. ¿Se entiende? Así deben hacer siempre: luego de ocuparlas, vuelven a guardarlas acá. ¿Estamos?

Estamos.

La profesora da a la clase las siete actividades del día y nos propone ayudar a los grupos a resolverlas. El grupo IDEA convoca a Ramón, dejándome huérfano. Entonces Carlos, uno de sus miembros, señala el grupo de alumnas contiguo.

-Venga acá profe, estas chicas de hoy que hacen señas para su lado. Se van a poner contentas de que se siente con ellas.

-Está bien, Carlos, no te preocupes- le digo, intentando restarle importancia. Sin embargo, una de las alumnas del grupo, encogiéndose de hombros con gesto afectado, me espeta.

-Venga, si quiere.

Las muchachas resuelven con mucha rapidez las primeras propuestas, lo que me margina al papel de felicitador profesional. Me consultan recién al llegar a la cuarta actividad.

-Profe, acá la estructura es descriptiva, pero también es comparativa.

-Bueno. Escriban las dos. Cuando lo hagan, acuérdense que se pone el primer elemento en masculino y luego como está. Quedaría así: estructura descriptivo-comparativa.

-¿Las dos? ¿No tiene que ir una sola?

-Nadie dijo que la estructura debía ser única. En todo caso, las respuestas no se tienen que hacer pensando en límites, sino en posibilidades. No tengan miedo de ofrecer una resolución distinta si tienen los argumentos para defenderla.
Las actividades se suceden con velocidad y finalizamos un rato antes del límite. La profesora anuncia la puesta en común. Cuando llega a la cuarta actividad, Mariela, una alumna del grupo que tengo a cargo, levanta la mano.

- ¿Estructura descriptivo-comparativa?

- Exacto. Acá tenemos una estructura doble. Primero describe y luego, para explicar mejor, recurre a la comparación.
Victoria.

Sólo cuando la clase termina y la profesora se acerca a conversar conmigo caigo en la cuenta de que el próximo registro tendrá, en el lugar de docente, a mí mismo. La mañana del día siguiente, como primera tarea, enciendo la computadora y escribo en el procesador de textos: Secuencia de clase – Textos de divulgación científica…

Día 3: En busca del tiempo perdido

Capítulo 4 de un total de 20 en Residencia en la tierra

Ingreso al aula. La profesora anuncia que desde ese momento el profesor soy yo y luego se sienta junto a Ramón, en el fondo. Me presento nuevamente, tomo una tiza (llevo una bolsa con decenas de tizas, de todos colores) y escribo dentro de un rectángulo la sentencia Texto expositivo. Luego, por medio del diálogo, los alumnos se encargan de las bifurcaciones correspondientes. Me limito a insistir cuando es necesario un tecnicismo y a bucear en las definiciones que recuerdan. Cuando los conceptos se agotan, cierro el cuadro dando por terminado el repaso.

Presento el tema del día, cuyo título -Artículos de divulgación científica- no es precisamente motivador. Borro el cuadro anterior y dibujo uno nuevo, ramificándolo hasta llegar a los recursos más importantes, en los que insisto especialmente (son el fundamento de las actividades del día) ofreciendo todos los ejemplos que puedo. Miro el reloj, comienzo a preocuparme y me detengo unos segundos frente al banco donde dejé mis carpetas a mirar fijamente la secuencia de clase, a modo de conjura o exorcismo. Cuando levanto la vista, la clase se ha convertido en una reunión de amigos, donde todos conversan, contrabandean papelitos, planifican salidas.

-Chicos, chicas, alumnos, alumnas, silencio, silencio, paz- pido a la manera de canto ritual. Algunos responden al pedido y exigen a sus prójimos y prójimas que hagan lo mismo. Recupero momentáneamente la atención.

- ¿Copiaron el cuadro?

- Nooooo.

- Bueno, entonces, antes de seguir copiando quiero que escriban algo. Dicto en voz alta para que puedan organizarse.
Declamo entonces el texto modelo, que estaba pensado para ser copiado del pizarrón, aunque en ese momento no recuerdo por qué. Luego de que los alumnos reconocen los procedimientos utilizados, cuando es tarde, lo averiguo: los datos del texto están subrayados para su selectiva eliminación, de la siguiente forma:

Las aulinas. Las aulinas son grupos moleculares compuestos por alumnites y profesorinos. En las aulinas se encuentran varias estructuras extrañas, por ejemplo, la clase inquieta y la exposición con tarea. Las aulinas normalmente varían mucho. Dicho en otras palabras, cada aulina contiene un mundo diferente. Son como baúles del tesoro, en donde nunca sabemos qué encontraremos, pero siempre encontraremos algo distinto.

Procedo, desesperado, a releer el texto indicando de forma oral las palabras a subrayar, que decido invertir para mayor facilidad. La clase, de todos modos, no distingue con exactitud lo que señalo. Cuando digo que las aulinas son grupos moleculares compuestos por alumnites y profesorinos y pido que subrayen las y son, la catarata cae con toda su fuerza:

-¿Sólo son y las?

-¿Todos los son o sólo el primero?

-¿Cómo dijo?

-¿Subrayo con colores distintos?

-¿Eso es lo que se subraya o lo que se deja?

-¿Hay que subrayar?

-¿Qué iba de título?

-¿Eso nomás subrayamos?

-¿Qué fecha es hoy?

Logro, mediante una feroz insistencia, que todos dejen de hacer preguntas y se limiten a escuchar y subrayar. Cuando leen el texto, compruebo que lo hicieron correctamente. Miro el reloj y compruebo que la torpeza inexplicable de ceder al dictado se llevó la mayor parte de la hora.

-La actividad es sencilla: con las palabras que subrayaron, construyan un nuevo texto científico.

No, la actividad no es tan sencilla. Vuelvo a explicarla de distintas formas, hasta que aparentemente todos comprenden. Exigen saber, con razón, sobre qué demonios escribirán su texto.

-Sobre un objeto que inventen en base a su nombre más una de estas tres terminaciones que escribo en el pizarrón. La idea es que podamos aplicar los recursos que estudiamos a un texto creado por nosotros.

- No entiendo- se repite como un eco.

- A ver, grafiquemos. Yo, por ejemplo, escribiré sobre los martines, los martinos o las martinas. Luego: Los martinos son organismos enanos capaces de hablar. En los martinos se encuentran varias características contradictorias, por ejemplo, su tendencia a ser aburridos y sus intenciones de no serlo. Los martinos normalmente…

-¡Ahh! -aprueban todos- Claro, inventamos con nuestros nombres con las palabras subrayadas.

-Exacto. Bueno, entonces comiencen. Tienen cuatro minutos.

Todos se quejan pero comienzan a escribir apurados. La actividad insume, por supuesto, el triple de ese tiempo, pero me justifico pensando en que la culpa no es mía, sino de la secuencia y del sádico pretencioso que la hizo, a quien obedezco pero intento borrar de mi conciencia.

-Bueno, vamos a leer.

-No terminamos.

-No importa, al menos la primera oración.

-Los juaninos son componentes tóxicos que contaminan el barrio Ponce.

-Las marininas son viajeras incasables que andan por todos los mares.

-Los sebastines son sustancias químicas que contienen oxígeno, cloruro de sodio y ácido sulfúrico…

-Muy bien todos. Traten de tener completa la producción para la próxima clase.
Extrañamente, todos siguen concentrados en el texto -aunque el fin de la hora es inminente- y me llaman insistentemente para mostrarme sus definiciones. Tras varias rondas de verificación y pasados siete minutos de la hora, comienza a indignarme la negligencia de quien esté a cargo del timbrado.

De pronto, como una revelación, descubro que quedan todavía quince minutos de la clase que diez minutos atrás di por cerrada. Algún malicioso demiurgo se los había llevado de mi conciencia, como a esos recuerdos que no se quieren.

Por suerte, los alumnos interpretaron mi pedido para la próxima clase no como una despedida sino como un recordatorio (¡Bendito sea el marco de conocimiento y su influencia en la interpretación de los actos de habla!) y continuaron trabajando, sin enterarse de mi confusión, con la misma intensidad.

De todos modos, me invade la culpa de haber dejado libre mi lugar junto al pizarrón. Vuelvo allí, entonces, y busco en mi morral alguna salvación. No vendrá del viejo Borges, que probablemente fue quien, desde otro espacio, movió las piezas de ajedrez que alteraron mis minutos. Tampoco del Gabo, cuyos tiempos conducen siempre al vacío, lugar donde ya parezco estar.

Tiene que ser Julio Cortázar, docente de escuela, errante cotidiano, profesional de la torpeza, quien me asista. Abro el índice de los Cuentos Completos, pido un rato de atención y leo en voz alta Conservación de los recuerdos. Jugamos entonces a identificar definiciones de cronopios, ejemplos de famas y las comparaciones que se hacen entre ambas especies. Con excesiva puntualidad, suena el timbre.

Día 4: Cambio de sexo

Capítulo 5 de un total de 20 en Residencia en la tierra

Comienzo la clase retomando la actividad pasada. Varios alumnos leen sus producciones. A modo de ejemplo adicional de definiciones paródicas, leo la acepción de hombre que acuñó Ambrose Bierce para su genial Diccionario del Diablo:

Hombre, s. Animal tan sumergido en la extática contemplación de lo que cree ser, que olvida lo que indudablemente debería ser. Su principal ocupación es el exterminio de otros animales y de su propia especie que, a pesar de eso, se multiplica con tanta rapidez que ha infestado todo el mundo habitable, además del Canadá.

Un alumno me pregunta por qué el autor escribió eso. Explico la estructura irónica del Diccionario y trato de justificar la visión de mundo de Bierce narrando su paso por la guerra civil estadounidense, por el periodismo, por el exilio, por la revolución de Pancho Villa, hasta llegar a su misteriosa desaparición y a las hipótesis sobre su muerte.

-Bierce es un ejemplo de los abismos que hay a veces entre vida y obra literaria. Como Emilio Salgari (el de Sandokán), que escribía cuentos de aventuras y terminó en la oscuridad y el suicidio, Bierce vivió casi toda su vida como soldado, pero toda su obra es una crítica demoledora de los argumentos para la guerra y un canto constante al pacifismo y a la convivencia entre hombres.

De pronto, caigo en la cuenta de que se está produciendo un fenómeno único que se repetirá pocas veces: silencio absoluto. Me veo obligado a romper la magia y a realizar en el pizarrón los trazos de lo que será la tabla de las formas de organización en los textos de divulgación científica. A medida que termino de aclarar un concepto, dibujo unos cuadros vacíos y hago que sean los alumnos quienes elaboren los ejemplos. Al llegar a la cuarta forma organizativa, la clase está cansada y comienza a perder peligrosamente la atención. Cada vez que giro hacia el pizarrón para escribir, el murmullo se multiplica. Observo con intensidad y de forma aleatoria todos los grupos, hasta lograr que sean los mismos alumnos quienes se llamen a silencio entre sí. Decido usar como táctica la apelación al sentido común.

-Se los digo de forma sencilla: si no terminamos rápido, voy a tener que seguir exponiendo hasta que termine la hora. Si tienen tanto amor por la teoría, hacemos eso. Si no, atiendan a la explicación de los últimos dos procedimientos y hacemos un trabajo de aplicación para no aburrirnos tanto.

Todos dicen estar de acuerdo y colaboran con la definición y ejemplificación de los últimos procedimientos. Pido ayuda a Carlos, jefe adjunto del grupo IDEA, para repartir los textos de trabajo, que versan sobre el láser y sus aplicaciones.

-Queremos descansar, profe- se anima a pedir alguien.

-¡Sí, profe!- acompaña el coro.

Dudo un momento, considerando que están en las últimas horas y deben estar igual de cansados que un residente en las últimas horas de su profesorado. Me decido por un camino intermedio.

-Descansen mientras leen el texto.

-Ah, no, eso no es descansar.

-¿Cómo no? Chicos, no estamos picando piedra ni cargando cajas. Vamos.

Luego de unos minutos, quienes terminan la lectura comienzan a pedir automáticamente permiso para ir al baño. Lo permito, con la condición de que sólo uno salga a la vez y que no demoren más de lo normal. Me acerco al grupo IDEA para comprobar que están leyendo a nivel regular, pero ya alcanzaron la mitad del texto.

-Nos cansamos mucho, profe, hoy jugamos a la pelota. ¿Usted juega? ¿De qué cuadro es?

-No, no juego, pero hasta hace un año jugaba básquet.

-¿Y su cuadro?

-Tampoco veo fútbol ni tengo un cuadro favorito.

Me miran como a un ser extraterreno, sorprendidos. Todos los alumnos cercanos al grupo levantan las cabezas y se unen al interrogatorio.

-¿Y va al boliche?

-No, nunca me gustó bailar.

-Pero escucha música.

-Sí.

-¿Cumbia? ¿Le gusta Eclip´c o Yiyo?

-No, escucho trova cubana y algunos cantautores argentinos y españoles. No colecciono mucha música ni estoy muy actualizado…

Las caras de sorpresa siguen mutando. Carlos mira su banco, dudando, y luego se anima a preguntar:

-¿Y fuma porro? Marihuana, quiero decir. Ahora la tele dice que va a ser legal, no tenga miedo de decirnos.

-No, no fumo.

-Pero probó alguna vez.

-No- miento convencido.

-¿Y toma?

-Sólo fines de semana, alguna cerveza mientras veo tele.

-¿Ve mucha tele?

-No, no mucha. No tengo tanto tiempo, además aprovecho mis ratos libres para leer o descargar libros y documentos de Internet.

-¿Lee en su tiempo libre?- preguntan con evidente estupefacción. Federico cavila unos instantes y levanta el dedo, distraído, mirando a ninguna parte. Pensando en voz alta, enuncia la posible respuesta a todo.

-Claro, -se explica a sí mismo, en voz baja- es como una profesora.

El grupo se ríe y Federico comienza a disculparse y a tratar de explicar que se refería a las costumbres que suelen tener las profesoras de lengua, y que el no creía que se aplicasen a profesores.

-Está bien, Fede. Sigan leyendo- lo tranquilizo, y paso a seguir la ronda.

Como todos van bastante avanzados y la mayoría de mis nuevas compañeras de género (las alumnas) han terminado, explico las actividades y paso por cada grupo para ver los avances. En poco tiempo, a mayoría logra acabar con las dos primeras propuestas, así que paso a hacer un control general, donde todos comparten sus resoluciones con el grupo-clase. Cuando llego a los últimos de la tercera fila, cinco muchachas miran sus bancos y Guadalupe, la mayor de todas, me enrostra.

-No hicimos.

-¿Nada?

-Nada- repite, con aparente orgullo.

-Bueno, -digo, fingiendo una firmeza que en realidad no es espontánea- eso va a ser lo que las va a representar como grupo. A menos que para mañana hagan las actividades y la compartan con el resto de la clase, como hicieron sus compañeros con ustedes. ¿Puede ser?

Todas las muchachas se sonrojan, esquivan mi mirada, asienten. La excepción es Guadalupe, que decide contestarme en nombre del grupo, con una sonrisa sardónica.

-Bueno, para mañana puede ser.

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