Por qué doblan las campanas

valdemoro_campana_iglesia_1950Minúscula, anónima, esforzada y solitaria. Así elije adjetivarse esta mujer de adjetivos, esta escritora fundamental que fue una de mis mejores profesoras de lengua, esta docente disidente que ahora encuentro siendo yo mismo un docente. Gregoria Leiva está sentada detrás de la mesa, junto a su hija, firmando los ejemplares de Destino de campana, su primer libro de poesías, en el marco de la Feria del Libro chaqueño y regional. Recibe a los asistentes de pie, con saludos y besos, y agradece a todos su presencia. Su hija oficia de presentadora, y elije acertadamente tres imágenes míticas para hacerlo: la mujer-fortaleza, la mujer-palabra, el repositorio sacro de un portafolio negro lleno de misteriosos papeles.

Hay algo en la escritora que escucha, en sus gestos, en su forma de mirar que es también poesía. Finalmente comienza a hablar, se emociona y las palabras saltan hacia nosotros, dibujan pájaros caídos, denuncian la muerte. No soy de una generación perdida, sino desaparecida. Quiero creer que eso significa que algo de ella puede volver a aparecer. Lo mismo se aplica a mi escritura: estaba desaparecida, y ahora aparece. La dolorosa pérdida colectiva -y personal- es el tópico por excelencia (Un día crucé un río/ me enamoré del puente. Después se rompió el agua/ y se me ahogó la gente). Todos los demás temas son también pérdidas: la infancia, los hijos paridos y crecidos, el amor cuando era amor (¿Eso era el amor?), la inocencia rota, el sueño aplastado por los verdugos. Gregoria ha perdido todo menos la conciencia de haber perdido, y la palabra que lo cuenta.

Pero hay algo más, algo que evita lo lúgubre, un pasadizo para salir de la melancolía. Gregoria no ha perdido la sonrisa, y la brinda generosamente entre asedio y asedio a todo vitalismo burgués (A mí me sucedió la vida). Nos regala bromas, se burla de la solemnidad, estoica y amable: Te voy a contestar con gusto, porque hace años que un joven tan lindo no me hace preguntas. El sufrimiento no la anestesió, no la conminó a esa forma patética de conformismo que es el pesimismo. De forma inesperada, encuentra pétalos en la tierra yerma (Y al volver a encontrarnos/ de pronto descubrimos/ que la vejez absurda/ ya se paró en la puerta/ y nos muestra su lengua/ verdosa y purulenta.// Pero tendrá pelea.), descubre que el antónimo de sufrir no es disfrutar, sino amar, y reconoce que la mayor parte de su producción -contra cualquier facilismo- es escencialmente amorosa.

Gregoria termina ganándole a ese perder sistemático. Vence porque sabe que la palabra es un arma vital, y que los mundos pensados son mundos a crearse, y que lo que se ama nunca puede ser algo muerto. Fue capaz -ahora, cuando ya no es tarde, cuando los chacales están al acecho pero también asustados- de dar un mensaje que no encontró otra forma de escribirse. Pienso en Aristóteles: la poesía es superior a la historia. Una campana herrumbrada y sonora grita, en cada sonido y en cada silencio, esta verdad tan limpia como la utopía.

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