Podría decirse que lo convenció la televisión. La imagen de otro almacenero víctima del delito en la Gran Ciudad contando a la cámara sus pérdidas despertó en Don Atilio una conclusión inusitada: los estaban cazando de a uno, y el podía ser el próximo.
Hubiera sido tan ridículo como poco beneficioso para el gallego hacerlo entrar en razón, recordarle que en Colonia Tirol no había delitos ni tampoco -por esa razón- armas de defensa personal. Lo mejor para mantener la amistad, se dijo, era librarse del problema, del almacenero y de la vieja doble caño que guardaba en el altillo, por un precio exagerado pero no escandaloso, y tal vez -quería creer el gallego- no demasiado inmoral.
Parado, con las manos apoyadas en el mostrador, Don Atilio esperaba a los ladrones.
Al atardecer, lejos de evaporarse, la inseguridad seguía creciendo en él, y apenas disminuyó cuando escuchó los inconfundibles pasos humanos, se ocultó debajo del escritorio, tomó la escopeta, ahogó la risa y disparó a la figura enmarcada.
El hijo escuchó la detonación y corrió al negocio. Reprimió un grito al ver en el piso a su abuelo, tumbado boca arriba y con la mitad de la cara arrancada de cuajo. Se acercó al escritorio buscando el teléfono y encontró debajo al padre, de espaldas, con una sonrisa alucinada y resollando eufóricamente.
-Papá, mató al nono.
Don Atilio se transformó en silencio. Serio y sudoroso, comprobó el cuerpo y la inseguridad volvió a llenarlo. Ordenó al hijo llevar el cuerpo al depósito. El joven lo logró luego de vencer en una misma batalla al peso del cadáver, al miedo y al asco. Cuando giró, vio las fosas de los caños.
-¿Me ibas a denunciar, no? Siempre en contra, vos.
Antes de que el muchacho respondiera, dos balazos le volaron el pecho. Expiró con un ahogo lento, casi como esperado.
Ya es de madrugada. Don Atilio espera, sentado en el suelo y apretando el arma. La inseguridad le hace arder los ojos, y empieza el miedo, y el placer, y el odio, y calcular la distancia entre su sien y sus dedos, entre la inseguridad y su próxima víctima.

Excelente, pero es dificil que la gente salga de ese estado si le dicen todo el tiempo que se puede morir, que la quieren matar, etc, etc.
Creo que Puertas Pentágono y su publicidad es el mejor ejemplo de lo que es trabajar sobre el miedo: “es la puerta o la vida”.
Y acá es cuando llegamos a lo orwelliano, Martín: la inseguridad nos vigila.
El ejemplo de la publicidad de las puertas es especialmente acertado, y sobre todo cuando incluye el estereotipo del delincuente-enemigo -gordo, morocho, sudado, dientes negros, remera corta y sucia- estrellándose en la puerta, mientras la familia blanca disfruta de su seguridad hogareña gracias a la semiótica del edificio del departamento de defensa yanqui. Habría que hacer una de esas puertas en cemento como monumento al imaginario de nuestra clase media-alta ¿no?
La seguridad es como la felicidad, meta inalcanzable porque no es meta, es consecuencia. Uno solamente puede estar relativamente seguro si valora adecuadamente su habilidad para manejarse en el medio en que actúa. Así como se puede sentir feliz con poco, simplemente por saber disponer de lo que se posee, se puede estar seguro sin necesitar de armas de fuego para ello. La paradoja que señala el relato es tal cual, esa “seguridad” es un camino sin retorno. Saludos.
Impecable, Pepe.
Parafraseando al axioma de Proudhon (la propiedad es un robo) podemos decir sin miedo que la “seguridad” es una cárcel.
Que buen post! me gusto mucho…
Me alegra muchísimo.