Fragmentario
No Comments La construcción de un espacio
Creo, y sobre todo ahora, frente al vacío que llena la parte central del blog (llenan los vacíos, si no me creen, miren a Borges), que el llamado pánico de la hoja en blanco tiene por lo menos dos realizaciones, a veces felizmente sucesivas.
En la más común, la extensión del territorio vacuo (magnitud simbólica, relativa, subjetivísima, un renglón, un cuaderno, un cúmulo de páginas web) devora al aventurero temeroso, provoca su huida o, en el mejor de los casos, lo congela en el rol de mudo espectador de su impotencia. Esta patología es capaz de destruir las mejores empresas, silenciar a los más avezados ideólogos, callar a los poetas más sublimes.
Descubrí recientemente la otra derivación, y trato de dejarme contagiar por ella. La identifiqué tras largo tiempo, observando a personas cuyo pánico lleva a la acción más inesperada: intentar ocupar todos los espacios en blanco con los que den. Para ilustrarlo, imaginen a un aracnófobo defendiéndose de su fobia, no escondiéndose de las arañas, sino cazándolas alegremente por todo el barrio. El miedo de origen es igual en los dos casos, pero no así la forma de tratarlo. Los paranoicos de la hoja en blanco se escandalizan con los vacíos que no llenan, buscan apropiarse de una parte de cada cosa que descubren, intentan innovar en lo que apenas conocen. Son esas personas que tienen siempre presta la pluma para el cuento colectivo, la revista marginal, la crítica de un ensayo, el correo cómplice.
Esa dualidad peligrosa, ese oscilar entre dos polos explicaría, tal vez, este ímpetu transformado en idea.