Día 1/II: El extranjero

Capítulo 13 de un total de 20 en Residencia en la tierra

Me veo tan atento a los ruidos internos/ feliz tristemente/

queriendo de veras ser mucho mejor.

SILVIO RODRÍGUEZ

Al llegar al lugar en que debería encontrarse el Instituto de Música, se yergue ante mí una obra en refacción totalmente vallada. Un cartel informa al público que el gobierno provincial desembolsó una importante cantidad de dinero en el mejoramiento de las instalaciones, pero no hay datos acerca del destino de la comunidad educativa que las ocupaba. Mientras busco un intersticio donde colarme, marco el número de teléfono de mi profesora de residencia.

Sorprendida por mi intempestivo comienzo de observaciones (recibí el horario la noche anterior, sin indicaciones de inicio, y opté por venir sin aviso) me indica la dirección temporal en que se desarrollan las clases. Casualmente, también se dirige al lugar, así que acordamos encontrarnos y consultar a la profesora a cargo sobre la posibilidad de comenzar las observaciones.

En la esquina del lugar me asalta el ruido de una bocina. Es mi profesora.

Entramos por un pasillo y nos presentamos en la mesa de entrada, que me recuerda por su extensión y ubicación a los mostradores de hotel. Subimos por las escaleras y encontramos enseguida a la profesora del curso, que no encuentra inconvenientes en que presencie la clase.

Me despido de mi profesora y en pocos minutos, luego de ser anunciado, entro al aula tratando de parecer seguro, atendiendo a cada gesto que provoca mi llegada. Mis miedos se disipan cuando me ofrecen una silla en el centro del salón y me abordan con preguntas sobre qué estudio, cuántos años lleva la carrera y temas afines, pero vuelvo a inquietarme cuando una alumna comenta:

-Va a ser como un compañero más-

-No. -aclara la profesora- Él ya es más un profesor que un alumno.

Librado de dar explicaciones, pongo mi mejor cara de profesor y comienzo a hacer los primeros registros.

“Aula más reducida que el promedio, pero bien iluminada. Hay varios carteles en las paredes: Es cuestión de actitud. La música es un sentimiento que nos une. Mientras se apaga el escenario, más de una lágrima corrió. Veinticuatro alumnos, pero sólo seis varones. Los uniformes tienen, acorde a la orientación, teclas de piano en los cuellos de camisa.”

-Es estudiante de intercambio -escucho que dice una alumna a mi derecha, refiriéndose a mí ante una recién llegada que me observa con curiosidad.

-¿De dónde sos? -pronuncia con lentitud, previendo que mi posible desconocimiento del castellano puedan dificultar la comprensión.

-De Chaco, soy residente de profesorado…

-¡Ah! Qué bueno -dice, evidentemente decepcionada por mi carencia de exotismo y enojada con las bromistas. Una de ellas me explica:

-No te preocupes, nosotras hacemos estas cosas y hablamos todo el tiempo.

Intento no preocuparme, pero cuando la profesora inicia la clase pidiéndoles por adelantado no conversar tanto, no puedo evitar tomarlo como un posible obstáculo futuro. Y hablan mucho: hablan de amistades, de salidas, pero también de Messi, Riquelme, las olimpíadas de Beijing, temas en los que soy absolutamente analfabeto, aunque en mi época (viejos dixit) eran propiedad exclusiva de los hombres. Ésta será -pienso- la generación que termine de enterrar las diferencias de género.

Un alumno lee en voz alta la Biografía de Tadeo Isidoro Cruz, de Jorge Luis Borges, con elocuencia admirable. Se retoman actividades de la clase pasada y se pasa rápidamente al análisis del cuento. La profesora recurre a los conceptos de intertexto, hipotexto e hipertexto para explicar, mediante el diálogo, las relaciones entre el texto de Borges, el poema de Yeats del epígrafe, el Martín Fierro, la Biblia cristiana y la Ilíada de Homero.

Quedo atontado por la velocidad con la que los alumnos definen, hacen hipótesis, crean relaciones conceptuales y proponen explicaciones posibles a las preguntas que la profesora plantea.

-Entonces ¿el texto es una biografía, como indica el título?

-No, porque no hay relato cronológico -argumenta un alumno.

-Exacto. Sólo en el primer párrafo hay biografía como tal. El mismo autor advierte que no va a contar toda la vida, sino sólo lo que resulte importante y suficiente para contar un solo momento.

-La deserción -aporta alguien.

-Sí. ¿Y por qué razón tendrá tanta importancia?

-Porque el personaje se descubre a sí mismo, se identifica. Ése es el momento más importante de la vida, para el narrador.

-Es cierto, Cruz encuentra su destino. ¿Y cuál era? ¿El de policía? ¿Militar, perseguidor de indios? No, por supuesto, en el fondo quería ser libre, independiente, lobo, por eso se halla en Martín Fierro, hasta que los dos son uno.

-Por eso no era feliz. No era él, hasta ese momento -explica un alumno.

-Muy bien. Sigan trabajando. Tienen media hora.

La profesora revisa actividades pasadas mientras se forman grupos y comienzan con la faena del conocimiento. Los alumnos se paran, pasean, van al baño, hacen correr materiales, fotocopias, papeles, trabajan, descansan, vuelven al trabajo, con rapidez. Hay método en esa locura, como decía Polonio de Hamlet, pienso para mis adentros. La profesora recorre el aula respondiendo consultas.

Al llegar el final, se recuerda traer, para la próxima clase, Operación Masacre de Rodolfo Walsh. Los alumnos se retiran en grupos.

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