- Prefacio: Residencia en la tierra
- Día 1: Los inquietos y sus inquietudes
- Día 2: Entre la desoxirribosa y la adrenalina
- Día 3: En busca del tiempo perdido
- Día 4: Cambio de sexo
- Día 5: ¡Que ojos tan grandes tienen!
- Día 6: ¿Qué tendrán las princesas?
- Día 7: El gobierno del revés
- Día 8: Crónica de una suerte anunciada
- Día 9: Viaje a las estrellas
- Día 10: Resumiendo
- Intermezzo: Segunda Residencia
- Día 1/II: El extranjero
- Día 2/II: Anarquía en la escuela
- Día 3/II: La escena y los personajes
- Día 4/II: Los siete locos
- Día 5/II: La historia los absolverá
- Día 6/II: Cuando los medios callan, las paredes gritan
- Día 7/II: Las verdades sobre la mesa
- Día 8/II: Final abierto
Llego a la escuela temprano, en virtud del tiempo necesario para presentaciones y recorridos. Me recuesto en el alambre tejido del cementerio de autos que enfrenta la escuela a hojear el diario y esperar a Ramón, que llega cinco minutos después. Entramos al edificio, nos presentamos con el personal de entrada, pasamos por la preceptoría general y subimos a pedir ayuda a la preceptoría de segunda planta. Eli, la preceptora a cargo, nos saluda amablemente y nos indica el salón.
La profesora llega puntualmente, nos saluda y entra al aula para explicarles a sus alumnos la novedad. El ruido en el patio todavía es ensordecedor -no todos los cursos están en sus salones- pero alcanzo a escuchar algunos fragmentos sueltos donde se solicita colaboración y tranquilidad. Momentos después, la profesora nos hace pasar. Saludamos a la clase y agradecemos públicamente a la profesora por darnos su tiempo y a los alumnos por prestarnos su curso. Luego la profesora toma la palabra para recibirnos.
-Quiero, antes que nada, darles la bienvenida. Para nosotros siempre es gratificante que haya residentes, así que también estamos contentos. Les comento que éste es un curso que está a mi cargo hace poco, pero que no tiene problemas importantes. Son bastante inquietos, sobre todo algunos alumnos varones… -cuatro alumnos, en el fondo, levantan las manos- que allá se están presentando. Fuera de eso, es una clase regular, como todas. Siéntense atrás y empezamos.
Nos acomodan unos bancos en el fondo del aula y luego de sentarnos caemos en la cuenta de haber cometido el primer error de nuestra residencia: Ramón, que tiene la anatomía de un leñador canadiense, se sentó en un banco minúsculo y bajo, simulando la imagen de un monje jorobado copiando algún antiguo pergamino. Mi caso fue inverso y todavía más ridículo: apenas alcanzaba a poner los pies en el suelo y la superficie de trabajo de la mesa llegaba hasta la altura de mi cuello, dando la impresión de que estuviera espiando la clase tras un muro. Rápidamente cambiamos de lugar con todo el disimulo posible.
La cantidad de alumnos, a simple vista, no es inusitada. Contamos un poco más de treinta alumnos, previendo algunas ausencias. La profesora repasa los temas analizados en el diagnóstico: comprensión de textos, análisis gramatical, ortografía. La mayoría no tuvo inconvenientes. La clase reconstruye la lectura del texto El héroe griego Aquiles, recordando los dones del aqueo, su ungimiento y el fatal detalle del talón. Una de las alumnas dice haber la película (no aclara cuál) y comienza a representarla.
-Estaba la chica mirando cuando el tipo, el enemigo, agarró el arco -narra, tomando entre sus manos una invisible flecha- y antes de que le tire la chica grita ¡Nooooooooo! pero el otro liga igual el flechazo y muere -finaliza, desmayándose sobre el banco. Todos ríen.
-Como ven -nos dice la profesora- tenemos una futura actriz en nuestro curso. Sólo voy a aclarar que el personaje que muere es Aquiles y la muchacha que se lamenta se llama Helena.
La profesora nos acerca, mientras continúa la clase, una copia del programa. Abarca los tipos de texto expositivo, informativo y literario, y varios temas de gramática.
-Ustedes arrancarían con textos de divulgación científica -nos aclara señalando un punto en el programa.
Mientras discuto con Ramón algunos detalles organizativos (resolvemos finalmente que yo daré clase las primeras semanas y luego él continuará) la profesora envía a una alumna a sacar unas fotocopias para el trabajo del día. Luego se controla la resolución de un trabajo práctico anterior sobre las características del texto expositivo. Todos responden, incluso los varones del sector que acabamos de bautizar como grupo IDEA (inquietos de atrás) aunque reconocen, ante la repregunta, haber copiado todas las resoluciones. Llegan las fotocopias y se dictan las actividades.
1. Leer el título: Las espirales inmortales.
2. ¿Qué serán las espirales inmortales?
3. ¿De qué se tratará el texto?
Cinco minutos después, todos hacen sus predicciones. Los alumnos determinan que las espirales famosas
1. No mueren.
2. Son extrañas.
3. Son como círculos.
4. Son como espirales de mosquitos (que de alguna forma, dice alguien, mueren, o por lo menos se queman).
5. Son espirales infinitas.
6. No morirán jamás.
7. Son gigantes y fueron creadas por un científico loco que les dio vida para luego hacerlas inmortales. Tienen poderes infinitos y andan sueltas por el mundo controlando la mente de las personas.
-Chicos, me parece que ustedes están dedicando mucho tiempo a ver tele. Me interesa saber qué pensaron nuestros invitados.
Los dos somos tomados por sorpresa, pero mis reflejos acuden con rapidez al sucio truco de mirar fijamente a mi compañero de banco, obligándolo a responder primero. Cuando él lo nota, balbucea:
-Sí, algo parecido pensé, imaginé algún dispositivo creado por la ciencia, porque no se me ocurre nada natural que tenga esa forma.
-Yo imaginé -cuento, luego de haber usado arteramente el tiempo discursivo de Ramón para fabular algo -grandes esculturas espiraladas legadas por alguna cultura. Son inmortales porque, como todo artificio, no tienen vida.
La profesora asiente.
Las tareas para mañana consisten en buscar el significado del vocabulario desconocido, preguntar a la profesora de ciencias naturales acerca de las clases de nucleótidos y tener cada uno su propia fotocopia. Cuando salimos de la clase, obedientemente, buscamos las nuestras.