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Un gato negro

Gatito mirando al sudeste

Gatito mirando al sudeste

Abro la puerta y hay dos gatos. Uno es el del vecino, un siamés grande que me mira en la pose aristócrata de los gatos bien alimentados. El otro, de pocos meses, flacucho y sucio, cruza el umbral de la puerta a toda velocidad. Está asustado. Envío un mensaje de texto a mi hermana. Ella me recomienda que lo adopte y le dé leche. No parece tan difícil, al menos para ella.

Cuando regreso, el gato está echado en mi sillón. Le sirvo leche en una bandeja y la pongo en el lavadero. Intento sacarlo del sillón, me muerde, lo atrapo y lo acerco al bebedero. El gato se alimenta vorazmente, hasta quedar tendido. “Listo, murió y se acabó el problema”, pienso, pero lo toco y respira. Un rato después vuelve a entrar, caminando satisfecho. Explora la casa, salta en todas las camas, entra en los placares. Mientras, twitteo mi nueva situación. Recibo bienvenidas, buenos consejos, prediccionesreflexiones, recomendaciones especiales. Buena onda. No la de Gabi Michetti, sino la de verdad.

Llega la hora de ir a la escuela. Me pongo la mochila y dejo la puerta que da al lavadero abierta, por si el bicho necesita salir. Saco un cajón de la cocina, lo lleno de trapos y lo obligo a acostarse. En Didáctica no nos enseñaron a educar a los gatos, así que no se me ocurre otra forma de indicarle que esa es una cama a escala.

-Me voy -le digo, sin saber si es correcto hablarle a un gato-, tengo que dar clases y vuelvo tipo nueve. Tenés leche y podés entrar, pero ni se te ocurra acercarte a la cerveza. Te corté un pedazo de pan de carne, ahora voy a comprarte algo más.

Él mira extrañado, pero supongo que entiende.

Al llegar a casa, con la noche arriba, el gato ya no está. Esta mañana tampoco. ¿Es normal que se ausente tantas horas? ¿Volverá? ¿Existe la posibilidad de que no haya llegado buscando ser domesticado, sino simplemente alimentado? ¿Habrá leído en Twitter que amenacé con comérmelo?

Dejé intacta la cama de trapos. La lata con agua sigue allí. Puede entrar cuando quiera pasando por el espacio entre las rejas. Los próximos días dirán si este encuentro fue de solidaridad efímera o de convivencia definitiva. No lo voy a forzar. Como escribe Soriano, experto en el tema, un escritor sin gato es como un ciego sin lazarillo. No es posible usar al gato para nada personal, no hay manera de privatizarlos.

Concilio

Ofertas peligrosas

Ofertas peligrosas

En nombre de los juramentos de ternura,
De los que nadie nos puede desligar,
Y para reconciliarnos
Como en los buenos tiempos de nuestra embriaguez.

Charles Baudelaire, El vino del asesino

En esa época estudiábamos para profesores de literatura. Es decir, éramos pobres, charlatanes y muy borrachos. Comprábamos mercaderías en el Supermercado de la Carne, una especie de gran galpón con precios muy accesibles a nuestros bolsillos. Cada semana, además, había una nueva y única superoferta. Si era de salsas, pasábamos toda la semana comiendo guisos y espaguetis. Si se trataba de alguna verdura, por extraña que fuera, nos convertíamos al veganismo a plazo fijo. Así pasábamos por la semana del atún, la de las arvejas y hasta de la limpieza (¿qué otra cosa puede hacer uno, por más anarquista que se reivindique, con quince litros de desodorante para piso?).

Una mañana entramos, como de costumbre, y Sebastián me tocó el hombro y señaló hacia arriba. Sobre nosotros se alzaba, con imponencia, una torre de babel de cajas de vino. Nuestra fascinación llegó a la cima cuando nos percatamos del precio. La crisis ya había disparado los precios y los vinos empaquetados en tetrabrick más dudosos costaban un mínimo de tres pesos con cincuenta. El que nosotros apilábamos en un changuito oxidado nos exigía apenas ochenta y nueve centavos por litro. Vino fino de mesa Concilio, se rotulaba. Vino de cardenales, de frailes, de catacumbas, bromeábamos.

Esa noche cocinamos, en festejo de nuestra adquisición, unas milanesas con puré instantáneo. Servimos ceremonialmente el tinto en dos copas y brindamos. Un sabor acre me llenó la boca. Era repugnante. Acerqué instintivamente la nariz al líquido y noté que el olor era de una acidez inaguantable, casi apestosa. Pero lo peor llegó segundos después. Una cefalea filosa y repentina me embargó. Mirando la copa, desconsolado, se lo comuniqué a mi amigo.

-A mí también me duele la cabeza. Es imposible, apenas un traguito. Esto es veneno puro.

-¿Y qué mierda hacemos con las diez cajas?

-Cualquier cosa menos tomarlas. Voy a comprar cerveza.

Sebastián volvió en el momento justo en que llamaba un amigo común. Lo atendió.

-No hay problema. Sí. No, no estábamos haciendo nada. ¿Medrano y qué? Ah, en la concha de la lora, vamos a tener que tomar dos colectivos. Tipo doce, ponele. Plata no tenemos, pero llevamos unos cuantos vinos. Listo, nos vemos ahora.

Colgó y me sostuvo la mirada con decisión, leyendo mi reproche.

-Nadie se va a morir. Es feo, pero no está picado ni vencido. Los que ya estén en pedo le van a dar como al agua, y los demás lo mezclarán con coca o lo rebajarán. No seas hinchapelotas, a menos que tengas guita para comprar un fernet.

Me convencí de que los argumentos eran razonables, cargamos las cajas en una bolsa y partimos. El cumpleaños era de un pibe de filosofía al que no habíamos visto jamás, pero estaban todos nuestros compañeros, una banda punk de chicas de quince o dieciséis, dos guitarristas que hacían covers de Sabina y un barbudo que repartía porros que acababan de salir del ladrillo más grande que vi en mi vida.

Las escenas que sobrevinieron son imposibles de contar sin hundir para siempre la casi nula reputación de persona respetable que alguna minoría me adjudica. El único dato de importancia para esta historia es que toda la noche bebimos cerveza, rechazando con cortesía las jarras y vasos de vino que circulaban en los diferentes grupos. Amanecía. Luego de recitar en voz alta unos versos de Las flores del mal delante de las muchachas punk y de un grupo de cineastas amateurs, decidí que era demasiado. Busqué a Sebastián, que dormía en el baño. Le subí los pantalones y lo cargué con ayuda del más fornido de los que estaban en la fiesta. Subimos a un remís y nos acostamos a dormir hasta que la noche llegó de nuevo.

El domingo siguiente el diario titulaba Cuatro muertos por intoxicación con alcohol metílico. El calor subió por mi garganta y no pude relajarme hasta comprobar que ninguno de los fallecidos había asistido a la fiesta. Todos tenían más de cuarenta años. La marca del vino incautado no estaba mencionada, pero ambos vivimos mucho tiempo con la sensación de haber jugado con cometer una masacre. Que la buena suerte, la duda razonable, el tiempo y la confesión pública sirvan para exculparnos.

jul 4, 2010 - Activismo, Fragmentario    No Comments

En la tele

Alguna vez conté en este blog que colaboro en una asociación civil llamada Integración Solidaria. Nos reunimos todos los sábados, a la mañana, a preparar las notas del diario y noticiero barrial que están por salir y a organizar otras actividades de promoción cultural, derechos humanos, etc. Una de esas mañanas de trabajo nos visitó el equipo del programa de televisión Ñandé (Nosotros), que se emite por varias difusoras locales y regionales, y resultó esta maravilla:

 

jun 28, 2010 - Fragmentario    2 Comments

Los foros cumplen dos años

Dos años de debate

Dos años de debate

Un 28 de junio, pero de 2008, abríamos junto a tres amigos (Martín -maso-, Pitu, Lucas -padawan-) los foros de fragmentario como una vía de debate más amplia, dinámica y participativa para encontrar y confrontar ideas. Gracias a esta herramienta pudimos seguir minuto a minuto debates importantísimos, conocer otras personas, enterarnos de cosas interesantes, emborracharnos (sobre todo). A mí me sirvió, además, para aprender un montón de cosas que luego volqué en el blog.

Miles de gracias al equipo y a los usuarios que hicieron del vago sueño de un espacio propio una realidad concreta y ¡a seguir discutiendo!

PD: Salutaciones, a pie de comentarios, o en el mismo foro (no es necesario registrarse para participar, pero si se enganchan en un debate, seguro se quedan).