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may 5, 2011 - Ensayos y errores, Poesía    4 Comments

Celebración

De a poco uno se encuentra en un lugar, con alguien.
Se toma de a poco conciencia del lugar, se elige el lugar, se queda en alguien.
Una mano de a poco recorre un cuerpo para explorarlo, para dibujarlo, para encontrar la maravilla.
Y de a poco estamos juntos.
Y de a poco le buscamos un nombre a esto de estar juntos.
Contamos de a poco nuestras propias historias, lunares, desayunos.
El viento del otoño se levanta de a poco, contenido, sobre la tierra, como la mañana de ese lugar que nos habita. Como la tierra.
Como nosotros.

Contra la literatura juvenil

Explorando

Explorando la biblioteca

Se ha puesto de moda en el microclima de los profesores de lengua y literatura de secundaria elegir lecturas anuales de ese movimiento editorial que se da en llamar literatura juvenil. Por razones de mercado, estas obras siempre son al menos cuatro veces más caras que cualquier título tradicional, pero eso no parece importar demasiado. Año tras año, cuando se diseñan los programas de estudio, se reactualiza este debate donde los profesores más viejos son progresistas (en tanto abiertos a esta nueva corriente) y los más jóvenes fungimos de conservadores.

El revisionismo al que fue sometido el canon occidental -tan válido, tan necesario- tuvo como consecuencia no deseada la pérdida de lecturas que antes se consideraban sacrales. De a poco, se eliminaron de la escuela las clásicos, se aniquilaron los modernos y se borraron los contemporáneos. Lo que queda, entonces, es esa nada: novelas adolescentes escritas en lenguaje adolescente, novelas de quinientas palabras para lenguajes de quinientas palabras, escritura vacua, argumento predecible y efectista desde el primer párrafo. La consigna de la literatura juvenil parece basarse en que los jóvenes son idiotas.

Pero no. Tan sencillo como probar para darse cuenta de que los alumnos son mucho más capaces que en las novelas que se escriben sobre ellos (y acá es donde aclaro que trabajo en una escuela pública, para evitar chicanas prejuiciosa y esperables). Basta con llevar caligramas de Apollinaire a un primer año, poesías de Miguel Hernández a un segundo, cuentos de Edgar Allan Poe a un tercero. ¿Y Cortázar? ¿Qué autor más juvenil que Cortázar, el de los torpes cronopios, el de los accidentes de pullover, el del vómito de conejitos?

Leyendo

Alumnos de quinto, leyendo

¿Por qué un joven se reiría más de la trivialidad de una vida cotidiana -que es también suya- que del Quijote volando sobre las aspas del molino, o formando parte involuntaria de un trío sexual que terminará en golpes para todos? ¿Por qué se emocionaría más con el enamoramiento silvestre de un personaje adolescente plano y soso que con el amor trágico de Romeo y Julieta, o con el imposible de Molina y Valentín en El beso de la mujer araña, o con el torturado de El fiscal? ¿Que a un chico de dieciséis años la lectura de Los siete locos le puede tener preguntas? ¡Maravilloso! Una obra que no genera preguntas en la niñez, en la juventud, en la adultez y en la ancianidad es una obra que no merece ser leída. Es tarea del docente, en todo caso, acompañar este proceso.

Mis alumnos han leído con fascinación a Aldous Huxley y a Federico García Lorca, a César Vallejo y a Oscar Wilde, a Miguel de Cervantes y a Guy de Maupassant. La gran mayoría no sólo sobrevivió, sino que aprobó la materia y puede dar cuenta de sus lecturas. Quisiera derribar otro prejuicio, que es el de dedicar el canon a las lecturas de las modalidades humanísticas: la escuela en que trabajo es de orientación técnica en electromecánica. Al menos en el mundo que yo quiero, tanto el electricista como el profesor de arte deben poder hablar de Borges con comodidad.

¿Qué es, entonces, la literatura juvenil? Algo que no existe. Lo que existe es la literatura y está ahí, en cada biblioteca, esperando que un joven tome un libro para escribirlo de nuevo.

El grupo de atrás

Cada alumno, una historia

Cada alumno, una historia

Nunca pensé a los alumnos como problemas, sino como dificultades mías para interpretarlos. No existen malos estudiantes por generación espontánea. Lo que hay son malas trayectorias educativas: en el hogar, en las escuelas, en las instituciones sociales. Los docentes que intentamos bucear en esas historias lo hacemos sabiendo lo que encontramos a veces supera ampliamente lo que podemos resolver, pero de todos modos nos sirve para diseñar nuevas estrategias de enseñanza y evaluación (que, contra lo que suponga el pensamiento reaccionario, jamás pasa por “regalar notas”: una aprobación inmerecida es una nueva humillación en el historial de los sometidos). A veces la elaboración escolar es tan fuerte que puede llegar a influir en la resolución de los problemas personales y sociales de los chicos. Otras veces contabilizamos fracasos a manos de los aparatos económicos, carcelarios, políticos. Siempre es urgente aprender y seguir haciéndolo.

Cuando comencé mi segundo año a cargo de primero (salas de cincuenta alumnos, magia de la escuela pública), vi dos caras conocidas. Una era la de Amanda, que a a mitad del cursado se cambió de curso y me dejó como regalo una poesía ilustrada por los dos años que pasamos juntos. El otro rostro era el de Mauro, con sus dos repitencias, cinco suspensiones, decenas de amonestaciones y un traslado de escuela por robar un celular. El primer día me acerqué a saludarlo especialmente y lo obligué a prometerme que este año no se iba a llevar ninguna materia. El primer trimestre se sentó solo. Su nueva conducta asombraba a todos los docentes: hacía los trabajos en silencio, leía, participaba de los debates, escribía en el pizarrón. De Daniel el Terrible a estudiante modelo.

El segundo trimestre se incorporaron dos nuevos varones, Juan Pablo y Alcides. Llegaron con pase forzado, es decir, expulsados de una escuela y derivados a otra que, como la nuestra, acepta integrarlos. Así terminó la soledad de Mauro y nació el grupo de atrás, que en toda escuela significa mucho más que una ubicación física. Y también nació una invisible y épica batalla entre su resistencia a aprender y la mía a desaprobarlos.

Las calificaciones de los tres iban en picada. Por lo que yo imaginaba solidaridad grupal, inercia o simple agotamiento, Mauro también acompañó el proceso. Probé todas las estrategias, desde la asignación de trabajos particularizados hasta el sermón moralizante. Dejé de dar clases frente al pizarrón y me ubiqué junto a ellos. Aunque toda la clase debía vencer la incomodidad y girar para verme, los últimos pasaron a ser la primera fila (el copyright del método es de un intelectual judío asesinado por el imperio romano). Con todo, no podía franquear algunos límites, sobre todo con la lectura anual y la entrega de trabajos prácticos. Durante el curso de un mes, sin proponérmelo, pude conocer con qué otro fondo de las cosas estaba lidiando.

Un martes una señora que se presenta como madre de Alcides me llama para hacerme unas preguntas. Como estoy en clase, me acerco a la puerta para poder atenderla sin dejar de observar el trabajo áulico.

-Quería saber por qué tiene bajas notas también en esta escuela.

-En principio, trabaja muy poco en clase y no completa los contenidos de los días que falta. Además, me entregó la prueba en blanco y no hizo el trabajo práctico. Le falta mucha dedicación.

-Pero yo no sabía que tuvo prueba, por eso no lo puse a estudiar. Tampoco sabía los temas. Mi intención es que el aprenda y llegue más lejos que nosotros, pero los profesores tienen que ayudar también.

-La fecha de la prueba y el temario se dictó por comunicado -contraataqué automáticamente, acostumbrado a las excusas parentales de siempre- y me consta que los preceptores revisan que los padres hayan leído y firmado las notas.

La mujer bajó la vista y luego de unos segundos de silencio interminable, habló de nuevo.

-Es que yo no sé leer. Se firmar, nomás.

La revelación me impactó profundamente. Me sentí tremendamente culpable por haberme puesto a la defensiva y prometí ocuparme de avisarle por teléfono cuando fije las fechas de evaluación. Ella, más tranquila, se comprometió a fotocopiar el libro para facilitarme la tarea de conseguir ejemplares para todos. La despedí amablemente y en el recreo hablé con Alcides.

-Tu mamá hace muchísimo esfuerzo para que vos estudies y tengas un mejor futuro. Desde ahora vas a trabajar todas las clases y a estudiar, o me voy a ocupar de que no tengas paz en tu puta vida. ¿Entendiste?

No se animó a decir nada, pero asintió. Desde entonces, su rendimiento alcanzó el del grupo total.

Pocos días después, llegando a casa después de las clases en nocturno, siento que alguien me llama.

-Profe.

-¿Juan Pablo? ¿Qué hacés por acá, en la otra punta de la escuela, a esta hora?

-Trabajando un poquito.

Estaba detrás de un basurero, en pantalones cortos. Junto a él se alzaba un carro tirado por dos caballos donde se apilaban los rescates de la basura. Me presentó a su hermanito, que llegaba trayendo una silla rota. Caminé con ellos conversando sobre trivialidades hasta que se marcharon. Antes de despedirnos me pidió que no le contara a nadie que lo había visto cartoneando.

Al día siguiente, por primera vez en el año, se paró para saludarme cuando entré a clases. Juan Pablo mejoró mucho en su actitud hacia la materia. Aunque le sigue costando incorporar nuevos conceptos, los suple con la constancia en resolver las propuestas.

De forma inexplicable, aunque el grupo de atrás ya estaba desmarginalizado al menos en mi espacio (al participar de la clase y de las tareas grupales, los tres entablaron relación con los demás grupos, incluso con los más prestigiosos), Mauro no reaccionó como sus compañeros y siguió sin trabajar. Su indiferencia era pasmosa y su derrotismo empezaba a contagiarme. No entregó el trabajo práctico hasta dos semanas después de la fecha límite.

-Si te lo recibo ahora te estaría dando un privilegio, sería injusto para tus compañeros. A menos que me des una buena excusa, seguís desaprobado.

Mauro tomó de nuevo el trabajo sobre la mesa y se fue sin pronunciar palabra.

Unos días antes de la entrega de planillas se acercó el vicerrector de la tarde para hablar conmigo en privado. Me contó que Mauro había insultado a una profesora de plástica. Ella pidió la máxima sanción. Por supuesto, citaron al padre para aplicarla.

-El papá me contó que la madre de los chicos los abandonó hace dos meses y que Mauro está cuidando a los hermanitos y atendiendo el quiosco de noche, porque el tiene otro trabajo como sereno. Por eso bajó su rendimiento. Te quería pedir que le aceptes el trabajo fuera de término. Si está mal o está copiado, desaprobalo, pero al menos vamos a flexibilizar las fechas.

No estaba mal ni estaba copiado: era un trabajo excelente. Mauro aprobó el segundo trimestre con nueve y todo apunta a que será uno de los mejores promedios del año.

El grupo de atrás sigue adelantando y yo aprendiendo. Tal vez sea esa nuestra misión como docentes, algo tan simple como cambiar el orden de los bancos.

Arquitextura de la censura

Arquitextos, en la mira de los censores

Arquitextos, en la mira de los censores

La polémica en torno a la publicación, lectura y posterior censura de Arquitextos acabó (¿tengo que empezar a cuidarme de algunos términos?) tomando trascendencia nacional. Manual pedófilo, encabeza la revista Noticias sin darse cuenta de que la cita textual que hace del poema en cuestión desmiente el título. Como si la literatura pudiera servir de manual de algo que no sea más literatura. Pero explicar la autonomía de la ficción o la imposibilidad de hacer lecturas morales de la poesía a la pequeña burguesía de Coronel Du Graty, a los cagatintas de los pasquines o a las burocracias estatales no es tarea fácil. Como dice Alfredo Germignani, está muy en claro que esta gente no lee ni el almanaque.

La versión oficial dice que el libro nunca estuvo destinado a las escuelas. Todo indica que es así, porque surge de experiencias en talleres literarios con adultos para la formación de otros adultos. Aunque el problema político intenta cerrarse torpemente con la expulsión de algunos funcionarios de carrera y la requisa de las obras, a mí me interesa ir más lejos. Creo que el debate que se oculta es más profundo -y peligroso- que el visible.

Imaginemos que sí había partidas asignadas a entregarse en la secundaria. ¿La censura sí se justificaría en ese caso? Entonces tendrán que afilar las tijeras, porque el erotismo atraviesa la literatura desde Safo a Cervantes, desde Nabokov (¿también Lolita será un instructivo de pedofilia?) a Saramago, desde Oscar Wilde a Manuel Puig y desde el poeta del Cantar de los Cantares a Osvaldo Soriano. Todos estos autores pueden encontrarse fácilmente en cualquier biblioteca escolar y los profesores de literatura recurrimos a ellos cotidianamente. Aunque ciertas corrientes de opinión se horroricen, las escuelas no son los templos de asepsia que imaginan, sino lugares de formación ciudadana donde se aprende, se interactúa, se cuestiona. Donde se leen en voz alta las puteadas del Quijote o de Zezé, el protagonista de Mi planta de naranja-lima. Donde se debaten textos políticamente incorrectos, como el cuento de Lugones que compara a los negros con los monos, de la colección ilustrada de La Nación editada conjuntamente con el Ministerio de Educación de la Nación (¿pornografía no, racismo sí?).

La discusión sobre cuáles son los límites de lo legible en las aulas está destinada al fracaso. El mejor ejemplo es el de los cineastas que negociaban con Tato -censor fílmico de la dictadura- y resignaban borrar una teta para incluir una mala palabra, o cambiaban una escena en la cama por un beso con toqueteo furioso. La banalidad es más que una característica de la censura, es el combustible que la origina, la autoriza y la ejercita. La escuela pública -y por tanto republicana, laica e ilustrada- no puede permitirse ningún autoritarismo sin caer definitivamente en la incompetencia y el ridículo.

Concilio

Ofertas peligrosas

Ofertas peligrosas

En nombre de los juramentos de ternura,
De los que nadie nos puede desligar,
Y para reconciliarnos
Como en los buenos tiempos de nuestra embriaguez.

Charles Baudelaire, El vino del asesino

En esa época estudiábamos para profesores de literatura. Es decir, éramos pobres, charlatanes y muy borrachos. Comprábamos mercaderías en el Supermercado de la Carne, una especie de gran galpón con precios muy accesibles a nuestros bolsillos. Cada semana, además, había una nueva y única superoferta. Si era de salsas, pasábamos toda la semana comiendo guisos y espaguetis. Si se trataba de alguna verdura, por extraña que fuera, nos convertíamos al veganismo a plazo fijo. Así pasábamos por la semana del atún, la de las arvejas y hasta de la limpieza (¿qué otra cosa puede hacer uno, por más anarquista que se reivindique, con quince litros de desodorante para piso?).

Una mañana entramos, como de costumbre, y Sebastián me tocó el hombro y señaló hacia arriba. Sobre nosotros se alzaba, con imponencia, una torre de babel de cajas de vino. Nuestra fascinación llegó a la cima cuando nos percatamos del precio. La crisis ya había disparado los precios y los vinos empaquetados en tetrabrick más dudosos costaban un mínimo de tres pesos con cincuenta. El que nosotros apilábamos en un changuito oxidado nos exigía apenas ochenta y nueve centavos por litro. Vino fino de mesa Concilio, se rotulaba. Vino de cardenales, de frailes, de catacumbas, bromeábamos.

Esa noche cocinamos, en festejo de nuestra adquisición, unas milanesas con puré instantáneo. Servimos ceremonialmente el tinto en dos copas y brindamos. Un sabor acre me llenó la boca. Era repugnante. Acerqué instintivamente la nariz al líquido y noté que el olor era de una acidez inaguantable, casi apestosa. Pero lo peor llegó segundos después. Una cefalea filosa y repentina me embargó. Mirando la copa, desconsolado, se lo comuniqué a mi amigo.

-A mí también me duele la cabeza. Es imposible, apenas un traguito. Esto es veneno puro.

-¿Y qué mierda hacemos con las diez cajas?

-Cualquier cosa menos tomarlas. Voy a comprar cerveza.

Sebastián volvió en el momento justo en que llamaba un amigo común. Lo atendió.

-No hay problema. Sí. No, no estábamos haciendo nada. ¿Medrano y qué? Ah, en la concha de la lora, vamos a tener que tomar dos colectivos. Tipo doce, ponele. Plata no tenemos, pero llevamos unos cuantos vinos. Listo, nos vemos ahora.

Colgó y me sostuvo la mirada con decisión, leyendo mi reproche.

-Nadie se va a morir. Es feo, pero no está picado ni vencido. Los que ya estén en pedo le van a dar como al agua, y los demás lo mezclarán con coca o lo rebajarán. No seas hinchapelotas, a menos que tengas guita para comprar un fernet.

Me convencí de que los argumentos eran razonables, cargamos las cajas en una bolsa y partimos. El cumpleaños era de un pibe de filosofía al que no habíamos visto jamás, pero estaban todos nuestros compañeros, una banda punk de chicas de quince o dieciséis, dos guitarristas que hacían covers de Sabina y un barbudo que repartía porros que acababan de salir del ladrillo más grande que vi en mi vida.

Las escenas que sobrevinieron son imposibles de contar sin hundir para siempre la casi nula reputación de persona respetable que alguna minoría me adjudica. El único dato de importancia para esta historia es que toda la noche bebimos cerveza, rechazando con cortesía las jarras y vasos de vino que circulaban en los diferentes grupos. Amanecía. Luego de recitar en voz alta unos versos de Las flores del mal delante de las muchachas punk y de un grupo de cineastas amateurs, decidí que era demasiado. Busqué a Sebastián, que dormía en el baño. Le subí los pantalones y lo cargué con ayuda del más fornido de los que estaban en la fiesta. Subimos a un remís y nos acostamos a dormir hasta que la noche llegó de nuevo.

El domingo siguiente el diario titulaba Cuatro muertos por intoxicación con alcohol metílico. El calor subió por mi garganta y no pude relajarme hasta comprobar que ninguno de los fallecidos había asistido a la fiesta. Todos tenían más de cuarenta años. La marca del vino incautado no estaba mencionada, pero ambos vivimos mucho tiempo con la sensación de haber jugado con cometer una masacre. Que la buena suerte, la duda razonable, el tiempo y la confesión pública sirvan para exculparnos.

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