Browsing "Narrativas pedagógicas"

Breve historia de amor escrito

El problema era que Lourdes no podía parar de escribirlo. Discutí con ella por primera vez cuando me entregó un prolijo trabajo práctico que en cada margen tenía, inscripto en azul, la leyenda “Pablo y Lourdes”.

—Lo voy a tolerar esta vez, pero que sepas que es poco académico entregarme una versión final así. Está aprobado.

—No va a volver a pasar, profesor.

En realidad no me preocupaba el detalle de los márgenes, sino la conducta errática que ahora manifestaba mi mejor alumna: distracciones en clase, olvido de libros, tardanzas. En una ocasión la encontré escribiendo una carta en vez de copiar la lección y en otra enviando mensajes de texto, pero elegí hacer caso omiso. Al fin y al cabo el amor siempre es un desorden, y en una adolescente debe ser aún peor.

Dibujo: Ashley Monstruo

Dibujo: Ashley Monstruo

Noté lo de los bancos revisando posibles trampas un día de examen. En los cuarenta pupitres de madera, grabado a corrector líquido, el nombre de los dos. Hablé con ella a solas en la sala de profesores. Argumentó que todos los bancos estaban escritos, y tenía razón, pero no dejaba de ser excepcional que alguien escriba lo mismo en cada uno de ellos, con método y alevosía.

—No va a volver a pasar, profesor.

Por algunos días la situación pareció mejorar. Lourdes retomó gran parte de la concentración y dedicó empeño en ordenar sus ejercicios. Creí que todo había regresado a la normalidad cuando me percaté de las paredes. En cada rincón que podía ocultarse, unas cincuenta veces, los mismos nombres enlazados. Cuando terminó la hora dejé el asunto en manos del preceptor —ya que el daño material era competencia suya— y me retiré a la biblioteca.

Abrí un libro de texto al azar buscando un texto que no recordaba. Descubrí, no sin horror, que en el reverso de la tapa y de la contratapa estaban escritos los nombres de Pablo y Lourdes, de Lourdes y Pablo: abiertos, mezclados, encerrados en corazones, unidos con flechas, en forma de crucigrama, en itálicas y negritas, en letras huecas, en caracteres chinos; en todos y cada uno de los libros de ciencias sociales, de historia, de biología, de derecho y literatura de la biblioteca escolar. También había escrito en la madera del mobiliario.

Esa tercera charla con Lourdes fue la más extensa y la última. Perplejo y colérico, le hice notar la gravedad de lo que estaba haciendo y las posibles consecuencias disciplinares. Escuchó en silencio y absorta. Cuando concluyó mi diatriba juró, con una convicción nueva y sombría, que no volvería a pasar. Todavía recuerdo los ojos calmos, la voz fulminante.

—No va a volver a pasar, profesor.

 

Y no volvió a pasar. Es que ya no quedaba un sólo espacio en toda la escuela que no estuviera escrito. Pero luego, misteriosamente, los nombres empezaron a desaparecer. Un día llegué a clases y las paredes estaban limpias otra vez. Algunos días después los nombres habían desaparecido de los bancos. Cuando inicié mi clase el viernes, Lourdes no estaba. Interrogué a María, su compañera de banco.

—Se quedó en la biblioteca porque se sentía mal.

—¿Le duele algo?

—Algo así.

—¿Algo así?

Hizo señas para que me acercara y luego me explicó en voz baja.

—Su novio la dejó por otra chica, pero no diga que le dije que me dijo.

 

La encontré en el recreo sentada sobre el suelo detrás del estante mayor. Armada de un ejército de borradores, solemne y prolija, borraba la evidencia escrita de cada uno de los libros. La tomé de la muñeca y le pedí que se detenga. Sorprendida, se puso se pie de un salto, me miró largamente y luego se desarmó. No encuentro una palabra más exacta: se desarmó. Vi caer frente a mí los años de firmeza y corrección, la educación formal, las pautas de conducta, los honores académicos. De pronto era apenas una niña quebrada de tristeza llorando sobre el hombro de su profesor, y nada más.

Antes de que regresara otra vez a clase, recuerdo, le regalé uno de mis pañuelos.

El grupo de atrás

Cada alumno, una historia

Cada alumno, una historia

Nunca pensé a los alumnos como problemas, sino como dificultades mías para interpretarlos. No existen malos estudiantes por generación espontánea. Lo que hay son malas trayectorias educativas: en el hogar, en las escuelas, en las instituciones sociales. Los docentes que intentamos bucear en esas historias lo hacemos sabiendo lo que encontramos a veces supera ampliamente lo que podemos resolver, pero de todos modos nos sirve para diseñar nuevas estrategias de enseñanza y evaluación (que, contra lo que suponga el pensamiento reaccionario, jamás pasa por “regalar notas”: una aprobación inmerecida es una nueva humillación en el historial de los sometidos). A veces la elaboración escolar es tan fuerte que puede llegar a influir en la resolución de los problemas personales y sociales de los chicos. Otras veces contabilizamos fracasos a manos de los aparatos económicos, carcelarios, políticos. Siempre es urgente aprender y seguir haciéndolo.

Cuando comencé mi segundo año a cargo de primero (salas de cincuenta alumnos, magia de la escuela pública), vi dos caras conocidas. Una era la de Amanda, que a a mitad del cursado se cambió de curso y me dejó como regalo una poesía ilustrada por los dos años que pasamos juntos. El otro rostro era el de Mauro, con sus dos repitencias, cinco suspensiones, decenas de amonestaciones y un traslado de escuela por robar un celular. El primer día me acerqué a saludarlo especialmente y lo obligué a prometerme que este año no se iba a llevar ninguna materia. El primer trimestre se sentó solo. Su nueva conducta asombraba a todos los docentes: hacía los trabajos en silencio, leía, participaba de los debates, escribía en el pizarrón. De Daniel el Terrible a estudiante modelo.

El segundo trimestre se incorporaron dos nuevos varones, Juan Pablo y Alcides. Llegaron con pase forzado, es decir, expulsados de una escuela y derivados a otra que, como la nuestra, acepta integrarlos. Así terminó la soledad de Mauro y nació el grupo de atrás, que en toda escuela significa mucho más que una ubicación física. Y también nació una invisible y épica batalla entre su resistencia a aprender y la mía a desaprobarlos.

Las calificaciones de los tres iban en picada. Por lo que yo imaginaba solidaridad grupal, inercia o simple agotamiento, Mauro también acompañó el proceso. Probé todas las estrategias, desde la asignación de trabajos particularizados hasta el sermón moralizante. Dejé de dar clases frente al pizarrón y me ubiqué junto a ellos. Aunque toda la clase debía vencer la incomodidad y girar para verme, los últimos pasaron a ser la primera fila (el copyright del método es de un intelectual judío asesinado por el imperio romano). Con todo, no podía franquear algunos límites, sobre todo con la lectura anual y la entrega de trabajos prácticos. Durante el curso de un mes, sin proponérmelo, pude conocer con qué otro fondo de las cosas estaba lidiando.

Un martes una señora que se presenta como madre de Alcides me llama para hacerme unas preguntas. Como estoy en clase, me acerco a la puerta para poder atenderla sin dejar de observar el trabajo áulico.

-Quería saber por qué tiene bajas notas también en esta escuela.

-En principio, trabaja muy poco en clase y no completa los contenidos de los días que falta. Además, me entregó la prueba en blanco y no hizo el trabajo práctico. Le falta mucha dedicación.

-Pero yo no sabía que tuvo prueba, por eso no lo puse a estudiar. Tampoco sabía los temas. Mi intención es que el aprenda y llegue más lejos que nosotros, pero los profesores tienen que ayudar también.

-La fecha de la prueba y el temario se dictó por comunicado -contraataqué automáticamente, acostumbrado a las excusas parentales de siempre- y me consta que los preceptores revisan que los padres hayan leído y firmado las notas.

La mujer bajó la vista y luego de unos segundos de silencio interminable, habló de nuevo.

-Es que yo no sé leer. Se firmar, nomás.

La revelación me impactó profundamente. Me sentí tremendamente culpable por haberme puesto a la defensiva y prometí ocuparme de avisarle por teléfono cuando fije las fechas de evaluación. Ella, más tranquila, se comprometió a fotocopiar el libro para facilitarme la tarea de conseguir ejemplares para todos. La despedí amablemente y en el recreo hablé con Alcides.

-Tu mamá hace muchísimo esfuerzo para que vos estudies y tengas un mejor futuro. Desde ahora vas a trabajar todas las clases y a estudiar, o me voy a ocupar de que no tengas paz en tu puta vida. ¿Entendiste?

No se animó a decir nada, pero asintió. Desde entonces, su rendimiento alcanzó el del grupo total.

Pocos días después, llegando a casa después de las clases en nocturno, siento que alguien me llama.

-Profe.

-¿Juan Pablo? ¿Qué hacés por acá, en la otra punta de la escuela, a esta hora?

-Trabajando un poquito.

Estaba detrás de un basurero, en pantalones cortos. Junto a él se alzaba un carro tirado por dos caballos donde se apilaban los rescates de la basura. Me presentó a su hermanito, que llegaba trayendo una silla rota. Caminé con ellos conversando sobre trivialidades hasta que se marcharon. Antes de despedirnos me pidió que no le contara a nadie que lo había visto cartoneando.

Al día siguiente, por primera vez en el año, se paró para saludarme cuando entré a clases. Juan Pablo mejoró mucho en su actitud hacia la materia. Aunque le sigue costando incorporar nuevos conceptos, los suple con la constancia en resolver las propuestas.

De forma inexplicable, aunque el grupo de atrás ya estaba desmarginalizado al menos en mi espacio (al participar de la clase y de las tareas grupales, los tres entablaron relación con los demás grupos, incluso con los más prestigiosos), Mauro no reaccionó como sus compañeros y siguió sin trabajar. Su indiferencia era pasmosa y su derrotismo empezaba a contagiarme. No entregó el trabajo práctico hasta dos semanas después de la fecha límite.

-Si te lo recibo ahora te estaría dando un privilegio, sería injusto para tus compañeros. A menos que me des una buena excusa, seguís desaprobado.

Mauro tomó de nuevo el trabajo sobre la mesa y se fue sin pronunciar palabra.

Unos días antes de la entrega de planillas se acercó el vicerrector de la tarde para hablar conmigo en privado. Me contó que Mauro había insultado a una profesora de plástica. Ella pidió la máxima sanción. Por supuesto, citaron al padre para aplicarla.

-El papá me contó que la madre de los chicos los abandonó hace dos meses y que Mauro está cuidando a los hermanitos y atendiendo el quiosco de noche, porque el tiene otro trabajo como sereno. Por eso bajó su rendimiento. Te quería pedir que le aceptes el trabajo fuera de término. Si está mal o está copiado, desaprobalo, pero al menos vamos a flexibilizar las fechas.

No estaba mal ni estaba copiado: era un trabajo excelente. Mauro aprobó el segundo trimestre con nueve y todo apunta a que será uno de los mejores promedios del año.

El grupo de atrás sigue adelantando y yo aprendiendo. Tal vez sea esa nuestra misión como docentes, algo tan simple como cambiar el orden de los bancos.

ago 19, 2010 - Narrativas pedagógicas    2 Comments

Un invierno de títeres

El proyecto con mis alumnos de la noche pasó por varios estados. Al principio, primaron las reservas y preocupaciones por cómo llevarlo a cabo. Luego vino la euforia por encontrar manos amigas que quisieron colaborar. Después comenzaron los ensayos. Fue difícil, pero todos lograron asimilar la crítica como un aporte colectivo y no como una forma de desvalorización del esfuerzo.

Hoy vivimos una cotidaneidad plácida y divertida. Con los ensayos se fue puliendo la expresión vocal, la coordinación de los movimientos, la ubicación en el espacio de los cuadros, el respeto por los silencios y por los diálogos acelerados. Llegamos a un punto en que mis intervenciones son mínimas y muy horizontales, más dispuestas a discutir la forma de resolver una escena que a marcar errores (-¿Y cómo cambiamos el suspiro? -Yo quiero decir “Aaaaaayyy”, porque soplar nomás no da. -Perfecto, queda más expresivo incluso). La calidad de la representación es más que suficiente para estrenar hoy mismo, pero estamos un poco atrasados con los materiales (y nos vamos a atrasar un poco más: comenzaron los prácticos y evaluaciones para cerrar el segundo trimestre). Soy más que optimista y confío en que el compromiso de los chicos permita avanzar en este sentido para ofrecer el espectáculo en el menor tiempo posible. Hasta entonces, todo lo que queda es divertirse.

Hoy es el aniversario del fusilamiento de García Lorca, así que de paso les voy a contar su biografía, que en alguna medida también influyó en la selección de la obra. Y por supuesto, leeré en voz alta La casada infiel y contaré anécdotas de los escritores de la guerra civil.

Les dejo algunas fotos del último ensayo. A medida que surjan novedades seguiré contando el proceso tras bambalinas.

Juntando complicidades

Títeres esperando

Títeres esperando

(La escena se desarrolla en una clásica secretaría de escuela secundaria, lugar de paso -y nexo comunicativo- tanto para directivos como para profesores. Hay una computadora, un gran escritorio abarrotado de planillas, papeles, papelitos.)

MARTÍN: (Sonriente pero nervioso, dirigiéndose a GRISELDA, la secretaria) Se me ocurrió algo, Griselda.

GRISELDA: ¿Eh? Contame.

MARTÍN: Quiero hacer… (ahora, decidido) Voy a armar un teatro de títeres con los chicos.

GRISELDA: ¡Qué linda idea, Martín! ¿Ya tenés los materiales?

MARTÍN: Yo, eh… (nervioso otra vez) en realidad no, tampoco tengo la más pálida idea de cómo hacer los muñecos, y mi capacidad manual es nula. En realidad la idea se me despertó hace tiempo recordando una obra que leí en la escuela, y la resucité cuando vi un videoclip en la tele. Pero voy a conseguir los recursos, no te preocupes.

GRISELDA: Seguro, tampoco debe ser tan difícil. ¿Hablaste con tu jefe de departamento? Acordate que él les da teatro a los terceros, en Expresión Artística.

MARTÍN: Iba a hablar con Claudio, sí. Ahí, entra, justito, mirá.

(Entra Claudio)

CLAUDIO: Uh, mate.

(Se prende del termo y ceba tres mates largos para él, luego empieza a repartirlos entre la SECRETARIA y MARTÍN.)

MARTÍN: Claudio, quiero hacer un teatro de títeres con el tercero de la noche.

CLAUDIO: (Con naturalidad) No hay problema. Tengo cincuenta títeres que construimos el año pasado y otros que estamos haciendo ahora. Hacemos una exposición como excusa, elegís los que te parecen mejores y te los llevás.

MARTÍN: (Estupefacto, feliz como un niño) ¡Buenísimo!

CLAUDIO: ¿Hablaste con Juan Manuel?

MARTÍN: (Dubitativo) No, recién traje la idea.

CLAUDIO: (Golpeando la puerta de la dirección, gritando) ¡Juan Manuel! Vení un ratito, che.

(Entra JUAN MANUEL, el vicerrector de la escuela)

JUAN MANUEL: ¿Qué pasa?

CLAUDIO: Vamos a hacer un teatro de títeres, Martín me va a dar el perfil de los personajes y yo voy a caracterizarlos con los chicos en artísticas. Él va a preparar a los chicos y a dirigir los ensayos. Vos vas a encargarte de que la gente de taller nos arme la mampara, es una madera central de dos por dos y las aletas tienen que tener el cincuenta por ciento del ancho…

JUAN MANUEL: No hay problema. Qué buena iniciativa, la verdad es que hacen falta proyectos así. Además este año estamos en el programa de visitas a las primarias, si los chicos se animan pueden llevar el espectáculo ahí.

MARTÍN: ¡Por supuesto! Yo hablo esta noche con ellos y les cuento todo. (Mirando a GRISELDA, JUAN MANUEL y CLAUDIO) Gracias a los tres. Hasta treinta segundos lo único que tenía era la idea. Ahora tenemos los títeres, la promesa de la mampara, y los lugares de estreno. En fin, ¡la semana que viene empezamos los ensayos!

TELÓN

Proyecto con títeres

¿Un boceto de títere?

¿Un boceto de títere?

Primero, una introducción. Este año comencé a trabajar con un tercer año nocturno, compuesto casi integralmente por chicos que son repitentes múltiples, expulsados o con veda para ingresar a otras escuelas. Mi grupo ideal, en pocas palabras. Como están respondiendo de maravillas a las propuestas de trabajo y van avanzados en el programa, decidí dedicar un día a la lectura de comedias de teatro. Cada uno tomó a cargo un personaje y leyó sus parlamentos. A la tercer comedia, la coordinación ya era perfecta, sin pausas entre diálogos e incluso varios comenzaron a atender a las didascalias, y gritaban, se indignaban, ironizaban, lloraban. Los profesores de literatura que lo probaron saben que el teatro es una de las actividades más movilizadoras y enriquecedoras para cualquier grupo, pero lo es más en los que los pedagogos denominan de riesgo (?).

Y ahora vamos a la cuestión del post: se me ocurrió que, conociendo que los alumnos temen mucho a la exposición física y a estudiar obras largas, pensé que el teatro de títeres podría ser una forma de saltear ambos escollos. Empecé, siguiendo la lógica de elaboración del proyecto, con el planteo, los objetivos, los contenidos afectados. Todo iba bien hasta que llegué al inventario de los recursos. La mampara (o bambalina, o como se llame) no es demasiado problema, la ventaja de estar en una escuela técnica es que los profes de taller fabrican cualquier artefacto de hierro o madera en poco tiempo. Lo difícil pasa por los títeres. No tengo idea de cómo se fabrican ni con qué materiales. En este momento bajé varios documentos para aprender un poco. Aunque mi capacidad manual es nula, al menos podré contribuir como teórico a que manos más habilidosas se ocupen.

La otra dificultad es específicamente literaria: la primera obra que se me vino a la cabeza fue Los títeres de la cachiporra, de García Lorca, una comedia genial que leí en mi primaria, pero descubrí que -contra lo que dictaba mi memoria- no sólo tiene pocos personajes, sino que son más de veintitrés, con todo lo que eso implica (el elenco estable no pasa de quince alumnos, y fabricar esa cantidad de marionetas nos convertiría casi en una fábrica titiritera).

Si alguien puede tirar un salvavidas (no de plomo, sino de madera-goma espuma) con información sobre el armado de los muñecos o con obras teatrales más viables, harán muy felices a este náufrago de la poesía que llegó, semidesnudo, a la isla de los títeres vivientes.

Páginas:1234567»