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ene 7, 2011 - Conversaciones, Lenguajes    12 Comments

Historia de sordomudos

Ella subió primero, él sacó los boletos, con paciencia, mirando el escote ineludible de la rubia sentada junto a la máquina. La chica se dio vuelta a consultar qué asientos elegir, y lo atrapó.

Con esa alegría maligna que provocan las pequeñas desgracias ajenas, los pasajeros mirábamos como la novia celosa increpaba al muchacho. Tardé unos segundos en darme cuenta de que lo llamativo no era la escena, sino la ausencia de sonidos. La piba dibujó un recorrido con dos dedos entre sus ojos enrojecidos y sus propias tetas, señaló con prudencia en dirección a la rubia y realizó un gesto de asco sobre su flequillo. Rechazó los abrazos del pecador, que no encontraba otro punto de defensa fuera de restarle importancia a las cosas, pestañeando y negando. Cuando intentó mover las manos para decir algo, lo calló regresándole las palmas a los costados.

Así, llegamos al puente y la lucha seguía. Ahora el flaco -que, luego de bancarse todos los discursos indignados, había tomado la iniciativa- exageraba señas y muecas, mientras su interlocutora, impasible, le daba pequeños cachetazos y se tapaba la boca con la mano ante el mínimo intento de beso. Para esa altura todos estábamos más a favor del chico, porque el sentido común dicta que media hora de castigo verbal era algo desproporcionado para cinco segundos de ojos puestos en unas tetas, más allá del debate esencial de si las tetas lo merecían o no. Llegábamos a Corrientes. Mi compañero de viaje me contó algo sobre una imprenta tomada que no alcancé a retener para no perderme esta historia.

Sin avisar, el muchacho hizo retroceder el pie derecho, dibujó una finta en el aire ante la nariz de su sorprendida amada, puso las dos manos en el corazón y se lo ofrendó con las manos juntas y abiertas. Con mucha más furia que la que usaron para pelearse, se besaron. Los mirones nos miramos aliviados y sonrientes, pensando en silencio. Ellos siguieron hablando durante todo el resto del viaje.

oct 18, 2010 - Conversaciones, Educación    5 Comments

La respuesta

Hace un par de meses Adrián, uno de mis alumnos de literatura de quinto, me llamó en el para conversar sobre algo. Me contó que quería filmar un corto y participar del festival de Cortogenia, del que yo había repartido instructivos algunas clases antes y me preguntó si aceptaba hacerme responsable legal del proyecto y acompañar el proceso de producción. Acepté encantado. La idea original de Adrián consistía en un experimento social condicionado que ocurría en un cuarto cerrado. A medida que evaluó la disponibilidad de recursos, las dificultades técnicas y el nivel de actuación que implicaba, se convenció de que era demasiado grande para terminarlo antes de la fecha límite de inscripción. Por chat, me contó el cambio de planes.

-Voy a hacer otra cosa, algo que se pueda filmar en la escuela.

Me extrañó inmediatamente. No me imaginaba a Adrián haciendo una película pedagógico-moralista ni en sueños.

-¿En la escuela? ¿Qué peli querés hacer exactamente?

-Una de psicópatas.

Estallé en carcajadas y prometí encargarme de gestionar en la rectoría la autorización para que pueda moverse con total libertad. Los días siguientes fueron de discusión sobre el guión y la escenas. El equipo ya estaba conformado con Esteban y Ornella como protagonistas, Maira y Gisela como utileras, Redentor de Almas como banda sonora. Una semana después comenzaba la grabación, que se coronaría con doce horas seguidas de edición.

Pocas veces me sentí tan feliz de haberme sumado a iniciativas fuera de cátedra como en el momento de ver el resultado final.

Adrián alojaba grandes preguntas, y surgió La Respuesta. Que la disfruten.

Un gato negro

Gatito mirando al sudeste

Gatito mirando al sudeste

Abro la puerta y hay dos gatos. Uno es el del vecino, un siamés grande que me mira en la pose aristócrata de los gatos bien alimentados. El otro, de pocos meses, flacucho y sucio, cruza el umbral de la puerta a toda velocidad. Está asustado. Envío un mensaje de texto a mi hermana. Ella me recomienda que lo adopte y le dé leche. No parece tan difícil, al menos para ella.

Cuando regreso, el gato está echado en mi sillón. Le sirvo leche en una bandeja y la pongo en el lavadero. Intento sacarlo del sillón, me muerde, lo atrapo y lo acerco al bebedero. El gato se alimenta vorazmente, hasta quedar tendido. “Listo, murió y se acabó el problema”, pienso, pero lo toco y respira. Un rato después vuelve a entrar, caminando satisfecho. Explora la casa, salta en todas las camas, entra en los placares. Mientras, twitteo mi nueva situación. Recibo bienvenidas, buenos consejos, prediccionesreflexiones, recomendaciones especiales. Buena onda. No la de Gabi Michetti, sino la de verdad.

Llega la hora de ir a la escuela. Me pongo la mochila y dejo la puerta que da al lavadero abierta, por si el bicho necesita salir. Saco un cajón de la cocina, lo lleno de trapos y lo obligo a acostarse. En Didáctica no nos enseñaron a educar a los gatos, así que no se me ocurre otra forma de indicarle que esa es una cama a escala.

-Me voy -le digo, sin saber si es correcto hablarle a un gato-, tengo que dar clases y vuelvo tipo nueve. Tenés leche y podés entrar, pero ni se te ocurra acercarte a la cerveza. Te corté un pedazo de pan de carne, ahora voy a comprarte algo más.

Él mira extrañado, pero supongo que entiende.

Al llegar a casa, con la noche arriba, el gato ya no está. Esta mañana tampoco. ¿Es normal que se ausente tantas horas? ¿Volverá? ¿Existe la posibilidad de que no haya llegado buscando ser domesticado, sino simplemente alimentado? ¿Habrá leído en Twitter que amenacé con comérmelo?

Dejé intacta la cama de trapos. La lata con agua sigue allí. Puede entrar cuando quiera pasando por el espacio entre las rejas. Los próximos días dirán si este encuentro fue de solidaridad efímera o de convivencia definitiva. No lo voy a forzar. Como escribe Soriano, experto en el tema, un escritor sin gato es como un ciego sin lazarillo. No es posible usar al gato para nada personal, no hay manera de privatizarlos.

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